sábado, 8 de diciembre de 2007

Perú y su gente III

Foto: Habitantes de la Isla Taquile, Lago Titicaca (Perú), noviembre de 2007
Angélica, nuestra guía, contaba en las dos horas largas que duró la travesía desde Puno hasta la isla de Taquile, que en la época de la colonización española, esta isla después de ser expropiada a sus habitantes naturales, fue pasando de mano en mano. Su último propietario, un “noble” español, de cuyo nombre no logro acordarme, ni siquiera pisó nunca tan curioso lugar. Con mucho esfuerzo y muchos años, sus habitantes, poco a poco, fueron volviendo a comprar una por una todas las fincas y se volvieron a hacer con la propiedad de la isla. Hoy en día es una de las sociedades más endogámicas que existen por la zona, supongo que a raíz de todo esto que os he explicado. Tienen una sociedad muy jerarquizada, en la que se elige una especie de gobernador y unos consejeros que toman todas las decisiones importantes del territorio. No está bien visto que un taquileño se case con alguien que no sea de allí. No está permitido vender las tierras a nadie que sea de fuera de la isla, y ni siquiera se permiten largas estancias a los foráneos, sin el permiso del consejo. Parece ser, que desde entonces, sólo en una ocasión, una escritora alemana, estuvo durante un año residiendo en la isla para escribir un libro sobre sus habitantes.
Esas barretinas adaptadas a sus tejidos, esas fajas, esos chalecos y esas camisas de mangas anchas y fruncidas, que llevaban los hombres de la isla, que parecía que en cualquier momento se iban a poner a bailar sardanas en la plaza mayor de la isla, son lo único que les queda de la herencia española. Las mujeres, por el contrario llevan otro tipo de indumentaria. Véase la foto del día 1 de diciembre.
Comprensible su desconfianza, pero a diferencia de los Uros, que entre otros comparten lago con ellos, y a pesar también de ser conscientes de que el turismo es su gran fuente de ingresos, no son un pueblo amable. Son desconfiados, tienen un aire triste y el tono de su voz es tremendamente bajo. En el escaso tiempo que duró nuestra visita a la isla, pude observar cual era el tipo de relación que los taquileños tenían con los turistas, ninguna. Sólo los que por obligación tienen que relacionarse con ellos, los de los restaurantes, por ejemplo, se dirigen a los forasteros. El resto han aprendido a mirar a través de ellos, como si fueran trasparentes, a obviarlos, a seguir su vida, como si no estuviesen allí.
Otro guía que tuvimos en Cuzco, integrista hasta la médula, no cesaba de echarnos en cara con un tono casi ofensivo, la ocupación española y la masacre que hicieron los españoles con los incas. Hasta cuantificó la deuda que España tenía con el pueblo peruano, por todo lo que los “conquistadores” se llevaron al viejo continente. Parece ser que olvidó contarnos que el pueblo inca también arrasó en su expansión a todos los pueblos que iba encontrándose a su paso. Siguiendo su ejemplo, nosotros también deberíamos odiar a los griegos, a los romanos, a los visigodos, a los moros, y a todos y cada uno de los pueblos que han ido pasando por la península ibérica en todos estos años de historia. Este tipo de actitudes, como las del pueblo de Taquile hacia los forasteros, no aportan nada positivo, y difícilmente facilitan la convivencia. Después de mis tímidos viajes por el mundo durante todos estos años, he aprendido que el odio, sólo genera odio, y que los nacionalismos exacerbados, y los integrismos desmesurados, no ayudan a construir nada, sólo a estancar e impedir que las sociedades evolucionen.
En cuanto a la isla en si, a pesar de lo duro que se hace el ascenso hasta la cima de la montaña donde está situado el pueblo, está a más de 4000 metros de altura, y el oxígeno es escaso; a pesar de ello, digo, la isla es preciosa, y los paisajes que se pueden ver desde el mirador de la plaza, bien vale el esfuerzo.
Feliz día, viajeros.
Entrellat

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