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viernes, 1 de agosto de 2008

Delfines en mi velero: Abber III

Foto: Abber, las tres murcianas y el guía de la plantación. Cuba, julio de 2001
(Viene de la actualización del 29-07-2008)
Apenas había anochecido cuando llegamos al bar de copas. Era una especie de entrante en la roca, bastante grande; como una cueva. Estaba cercano al mural de la prehistoria, una pintura tan grande, como horrible, pintada directamente sobre la roca. Tenía una pista de baile a dos alturas, aprovechando el desnivel natural de la cueva, esta distribución dejaba claro que allí se hacían actuaciones de vez en cuando; también había una barra de bar y unas 10 o 12 mesas. Estaba regentado por un camarero que, si no hubiera portado tan bien con nosotros, era para pegarle, por lo “listillo” que demostró ser. Nos propuso un juego, que consistía en que él nos decía un país del mundo y nosotros teníamos que adivinar la capital; y luego al revés, nosotros decíamos el país y él decía la capital. A los que ganaran les regalaba el primer mojito que nos había servido. Lo que empezó siendo divertido, acabó por repatearnos el estómago, por lo mucho que sabía el camarero y lo poco que sabíamos nosotros. A ver, ¿quién de vosotros sabía que la capital de Burkina Faso es Uagadugú? Si yo ni siquiera sabía que existía un país con ese nombre. Bueno, seguro que muchos sí lo sabíais, pero como digo nuestra ignorancia era tan grande como nuestra sed de mojitos.
Cuando llegamos, tan solo había una pareja en el recinto, pero enseguida se marchó y nos quedamos solos con el camarero. Después de un par de copas, ya no teníamos ganas de jugar al famoso juego capitales-del-mundo-a-cambio-de- mojitos; preferíamos jugar a tú-nos-traes-los-mojitos-nosotros-los-pagamos-y-no- nos-comas-el-tarro-chato. Por cierto, nadie ganó ni un solo mojito.
Ninguno de nosotros había fumado en todo el día. Es más, yo pensaba que nadie fumaba, cuando en un momento, una de las tres murcianas sacó un paquete de Fortuna con los cigarrillos arrugados, y nos tiramos al paquete como un grupo de jubilados se hubiera tirado a una caja de viagra. Acabamos con los cigarrillos en un santiamén y nos reímos porque todos habíamos manifestado en un momento u otro que no fumábamos.
Abber abrió la veda, y salió a la pista de baile, demostrando que no es necesario ser negro para tener buen ritmo en el cuerpo. Al final salimos todos, y acabamos bailando música cubana. Nos enseñó un movimiento de hombros que llamaban “tembleque” y que nos hacía parecer entre posesos y epilépticos, pero la dosis de mojitos en sangre ya había superado el nivel justo para que la vergüenza abandonara nuestras mentes, y dejara paso a las risas incontroladas.
Al final de la noche, Abber insistió en que quería poner dinero en el bote para pagar los mojitos y la gasolina que necesitábamos para volver. Él decía que era uno de nosotros, que se lo había pasado tan bien como lo hacía con sus amigos. Nos costó convencerlo de que era nuestro invitado y que nos correspondía a nosotros correr con el gasto de los mojitos y de la gasolina.
Regresamos a Pinar del Rio, y al despedirnos nos “discutimos” entre nosotros sobre si era procedente darle una pequeña propina por los servicios, ya que hacer eso era quitarle el título de “amigo” que él había manifestado conseguir con nosotros. Al final, una de las chicas, con la que había tenido un pequeño tonteo, fue la encargada de darle una pequeña ayuda para su “certificado médico”. Abber insistió en regalarnos a cambio su casete de Carlos Manuel y su clan, una de sus más preciadas joyas.
Lo dejamos en el porche de su casa y mientras nos íbamos el chaval miraba el coche, diciéndonos adiós con la mano, con una sonrisa llena de tristeza. Seguimos nuestro camino, en silencio al principio y comentando la jugada después.
Delfines que se acercaron a nuestro velero hubieron algunos durante el viaje a Cuba, pero que cantaran con voz de sirena como lo hizo Abber, ninguno.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat

martes, 29 de julio de 2008

Delfines en mi velero: Abber II

Foto: Transporte de trabajadores, camino de la plantación. Cuba, julio de 2001
(Viene de la actualización anterior)
Abber dejó la bicicleta en el porche, entró en su casa y al cabo de unos minutos salió con una cinta para casete, y se subió al maletero del coche, al cofre como decía él. Pusimos la cinta en el reproductor y empezó a sonar la música de Carlos Manuel y su clan, que nos acompañaría durante todo el viaje.
Durante el trayecto, algo más largo de lo que había dicho al principio, Abber iba cantando las canciones del casete. Las volvíamos a poner una y otra vez, porque al chaval le gustaban mucho, y porque no teníamos ninguna más, todo hay que decirlo. Al final todos acabamos cantando casi a la perfección “Agua fría”.
-¿Y cómo decías que te llamabas? - le pregunté
-Abber
-¿Es un nombre cubano? ¿Es bastante corriente? – insistí curioso por saber algo más sobre el chaval.
-Noooo, Abber, de Abberto – dijo con su mejor acento cubano.
¡Alber, de Alberto! Me quería morir de la vergüenza, por haber sido tan tonto y no caer en semejante obviedad. Luego durante el resto del viaje, cuando ya no estaba con nosotros, seguimos haciendo broma sobre mi metedura de pata.
A pesar de eso, Abber tenía una facilidad muy grande para imitar los acentos, y mientras nosotros intentábamos imitar a unos pijos mexicanos de Veracruz que compartían hotel con nosotros, él empezó a imitar también el acento mexicano, e incluso a imitarnos a nosotros mismos. Nunca había pensado que yo tenía acento alguno; pensaba que tenía acento neutro, que era difícil saber de donde era cuando hablaba en castellano, pero no. Al final acabamos reventándonos de risa y hablando todos en “mexicano”.
Hablaba muy bien francés, y siempre que venía algún turista de ese país a la ciudad, nos comentó que solía hacer de guía improvisado. Su acento era bastante bueno. Explicaba cosas de París con la misma ilusión con que imagino Marco Polo debía explicar sus viajes a la China, sólo que él nunca había estado allí. Nos explicó que su gran ilusión era viajar a París, y esperaba visitar Europa cuando pudiera salir del país.
Nos había informado que por la visita a la plantación, con la entrada incluida, nos cobraría una cantidad que no recuerdo, pero que nos pareció irrisoria, y en esa entrada ya estaba incluida su comisión.
Tenía pendiente de hacer algo parecido al servicio militar, y con toda la naturalidad del mundo, nos explicó que estaba ahorrando con lo que conseguía como guía, para “comprar” un certificado médico que le permitiera quedar exento por incapacidad. Esa es una de las “ventajas” del “sociolismo”, que todo se puede comprar. Aquí creo que también, sólo que el precio es un poco más caro.
En la visita a la plantación nos llevaron a los invernaderos, a los secaderos, y a los liaderos, donde nos hicieron una demostración de cómo liaban el tabaco. Nos preguntaron si alguno de nosotros fumaba, y claro yo, que hacía poco que había dejado de fumar cigarrillos, dije que sí, pero que lo estaba dejando. Parece ser que la pregunta era si alguien fumaba puros, pero yo con mi ignorancia y por no ser descortés, no quise desmentirlo. Ya me había pasado alguna vez con otras cosas. Una vez me preguntaron si fumaba, y yo dije también que sí, por su puesto refiriéndome a cigarrillos otra vez, pero no me había dado cuenta que la otra persona me alargaba con la mano un porrete, a la vez que hacía la pregunta, así que después de haber dicho que sí, me vi incapaz de negarlo, y ya me tienes fumando costo por primera vez, como el que no quiere la cosa. ¡Santa inocencia!
En este caso, mi mentirijilla tuvo premio, pues me llevaron a la casa del señor Robaina y a parte de hablar un rato con él, me regalaron un par de puritos. El abuelo Robaina, que parecía tener más de 80 años, a pesar de su avanzada edad, seguía dirigiendo para el régimen castrista lo que antes habían sido sus plantaciones de tabaco y las de sus antepasados. Lo que a otros cubanos el régimen hubiera expropiado sin ningún tipo de miramiento, al señor Robaina, se le permitía seguir “dirigiendo” para el régimen; obteniendo así algunos beneficios extras, como las entradas que cobraban por las visitas y la venta de cigarrillos bajo manga a los turistas. Otro ejemplo de las ventajas del “sociolismo”.
Salimos de la plantación con la sensación de haber visto algo diferente, de haber podido charlar con alguien a quien los turistas no tenían acceso. Abber nos preguntó qué queríamos hacer. Alguien del grupo dijo si sabía de algún sitio para tomar algo, y al resto nos pareció una magnífica idea.
Abber, que empezaba a sentirse muy a gusto con nosotros, nos llevó a un bar de copas muy especial, dentro de una cueva; pero lo que allí pasó y cómo Abber se convirtió en uno más del grupo, lo contaré en la próxima actualización.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat

martes, 22 de julio de 2008

Delfines en mi velero: Abber I

Foto: Calle principal de Pinar del Río. Cuba, julio de 2001
Abber se acercó a nosotros nada más entrar en la ciudad. Apareció con su bicicleta, acompañado de unos niños de diferentes edades. Parecían delfines nadando alrededor de nuestra embarcación, como dándonos la bienvenida. Eme y yo íbamos acompañados de cuatro personas más, en un Athos de color azul: tres murcianas que habíamos conocido en el hotel, con las que decidimos alquilar el coche para recorrer la isla, y un italiano que se habían encontrado ellas en una fiesta gay, pero que no era gay, según él. Por supuesto que no, nunca lo son. En las fiestas gays lo más normal es que todos los tíos sean sociólogos y que estén allí haciendo encuestas.
El chico seguía pedaleando al lado de nuestro coche. Como el calor nos obligaba a tener las ventanillas bajadas, no era difícil mantener una conversación con él. Mientras pedaleaba, nos preguntó qué tal estábamos, y si buscábamos sitio para comer; y como se acercaba la hora y las estrecheces del Athos nos empezaban a pasar factura, dijimos que sí.
Abber era un chico pelirrojo, de ojos verdes, no tendría más de 17 o 18 años, pero tenía picardía y desparpajo para parar un carro. Nos llevó a un paladar, esos restaurantes familiares que el régimen de Fidel había permitido como únicos negocios privados de los cubanos. El sitio al que nos llevó no reunía las mínimas condiciones sanitarias, así que salimos rápido de allí. El chaval, que se esperaba en la puerta, entendió deprisa que no pasaba nuestras exigencias en cuanto a higiene. Nos dijo que sabía lo que queríamos, que nos llevaría al restaurante de su tía. Aunque todavía dudo que la señora que nos atendió fuera su tía, sobre todo por haber escogido ese paladar como segunda opción, salimos con la sensación de haber degustado una sabrosa comida cubana y en un buen sitio.
Tal y como nos había dicho, nos estaba esperando a la salida. Nos preguntó qué queríamos hacer, y ante nuestras dudas, nos sugirió enseguida la visita a una plantación de tabaco, donde podíamos ver como elaboraban unos de los mejores habanos de toda la isla: los Vega Robaina. Preguntamos si estaba cerca y nos dijo que no mucho, pero que dejaba la bicicleta en su casa y venía con nosotros en el coche. Le dijimos que no cabía nadie más, que ya íbamos seis personas en un diminuto coche para cinco. Por supuesto su visión del espacio era diferente, lo que para nosotros era un diminuto maletero, para él era un preciadísimo asiento auxiliar. Su necesidad de supervivencia le hacía más atrevido y mucho más ingenioso.
- Ya yo voy en el cofre - dijo.
- ¿Seguro? – dijimos nosotros un poco sorprendidos y marcados por nuestras limitaciones y cómodas costumbres europeas.
- Claro que si, ustedes no se preocupen, no está demasiado lejos. En quince o veinte minutos llegamos.
Y así le acompañamos a su casa, dejamos la bicicleta y emprendimos camino a la plantación. Pero lo divertido del trayecto, y cómo lo que iba a ser una simple visita a una plantación de tabaco se convirtió en una deliciosa noche, lo dejo para la próxima actualización.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat