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lunes, 28 de diciembre de 2009

Las leyes de Manu

Foto: Uno de los miembros de las castas bajas aseándose en la calle a la salida de Delhi. Septiembre de 2009
Según la mitología hindú, Manu fue el primer hombre, el equivalente a nuestro Adán, es el primer antepasado común de todo el universo, sólo que en su caso fue un sabio, fue el primer rey, y además dictó unos códigos de conducta, entre los cuales está el sistema de castas hinduista.
Este sistema de castas, que entre otras cosas obliga a tener una relación endogámica con personas de la misma casta, no sólo discrimina a las personas por el hecho de pertenecer a una u a otra, si no que impide que las personas se promocionen de una casta a otra con el esfuerzo de su trabajo; tan sólo con la reencarnación, es decir después de la muerte, se puede subir o bajar de una a otra, en función del buen o mal karma que se tenga; es decir, de lo “bueno o malo” que uno haya sido en la vida anterior. Una buena manera de tener a la gente de las castas inferiores “conforme” con la suerte que les ha tocado.
¿Alguien se imagina a los 1200 millones de indios que habitan el país empezando a reclamar “sus derechos”? Bueno, tal vez antes habría que explicarles lo que significa esa palabra, porque me parece que no tiene traducción al hindi ni a ninguna de las más de 2000 lenguas y dialectos que se hablan en la India, ni siquiera al inglés que también es lengua cooficial allí.
Que tengáis unas felices fiestas, viajeros.

domingo, 11 de octubre de 2009

El país de las sensaciones

Foto: Niños pidiendo regalos a los turistas. Jaipur, 19 de septiembre de 2009
Han pasado casi quince días desde que volví de la India y me he sentado casi cada día para comentar algo del viaje, para deciros por lo menos por qué no continué con lo que me había propuesto, hacer un relato in situ de las vivencias del viaje. Pues bien, pasado ese tiempo todavía no sé qué contar, no sé qué impresión me ha causado la India y su gente, no sé si me ha gustado, si me ha encantado o si por el contrario me ha horrorizado.
Manel, un compañero en el difícil pero gratificante camino de la escritura, calificaba mi viaje en la anterior entrada con un: “horror, estáis haciendo de turistas”. Lógica su apreciación después de alguno de mis comentarios. En mi defensa diré, aunque creo haberlo dicho ya, y si no ahora es buen momento, que para mí la diferencia entre hacer turismo y viajar no está en la cantidad de estrellas del hotel donde uno se aloje, o en lo más o menos organizado que esté el viaje, si no en la actitud y la mirada que tiene uno ante lo que ve.
Yo me considero viajero y no turista, porque intento — difícil tarea, lo sé— interferir lo mínimo posible ante lo que pasa por delante de mis ojos. Considero que hacer regalos a los niños, darles caramelos, bolígrafos, los jabones de los hoteles, monedas, o lo que sea, es abocarlos a la mendicidad; es enseñarles que no hace falta ir a la escuela, ni trabajar porque es más fácil conseguirlo pidiendo. Creo que si uno tiene algo que dar, es mejor que lo haga a través de una escuela, de una organización que se encargue de repartirlo de manera más o menos justa, para no crear en los niños la falsa idea de que mendigando se puede vivir cómodamente. Alguien dijo alguna vez “Dale un pez a un hombre y comerá un día. Enséñale a pescar y comerá todos los días.”
Intento también no juzgar con mi occidental y aburguesada mirada su manera de vivir, aunque a veces, en el intento de entender lo que está pasando, aparezca la cruel e injusta figura de la comparación.
Por cierto, que no continué con el relato in situ del viaje, porque había tantas y tantas cosas para ver, porque eran tantas y tan duras las sensaciones que me quedaban al final de la jornada que me veía incapaz de organizarlo en mi cabeza y ponerlo en palabras. Supongo que poco a poco empezaré a darles forma.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dia 2 - Delhicioso

Foto: Señora musulmana haciendo sus abluciones. Delhi, 16 de septiembre de 2009
¿Y dónde quedó el día 1, os preguntaréis? Pues en el aeropuerto de Londres. Los señores que organizaron el viaje y nos vendieron los vuelos enlazados no tuvieron en cuenta que para llegar de la terminal 1 a la terminal 5 de London - Heathrow se necesitan más de 60 minutos, y encima nuestro vuelo se retrasó 20 minutos. Así que hagamos cuentas: aunque no hubiera pasado nada, si el tiempo entre vuelos era de 90 minutos y nos teníamos que trasladar de terminal lo que suponía unos 60 minutos, nos quedan 30 minutos, y si el vuelo se cierra 40 minutos antes de la partida, nos hubieran faltado 10 minutos en condiciones normales. Aun así hubo gente que llegó, parece ser que montaron un pollo y llegaron. Nosotros no tuvimos esa suerte. Sea como sea, bien está lo que bien acaba. Llegamos esta mañaña a las 6 de la mañana nosotros y nuestras maletas, nos duchamos tranquilamente, nos cambiamos de ropa y desayunamos por segunda vez, esta vez con el fabuloso desayuno bufet del hotel. Luego nos añadimos al grupo y a empezar el dia rellenito de excursiones.
A pesar de las dimensiones despatarrantes de Delhi, de la cantidad de tráfico, de lo poco que se puede uno hacer una idea de cómo es la ciudad en tan poco tiempo, hemos visto bastantes cosas, entre ellas el fuerte rojo -copia del que veremos más adelante-, la puerta de Delhi, un complejo arquitectónico donde está situado el minarete más elevado de la India, el monumento a Gandi, y un templo siq maravilloso, pero sobre todo, lleno de una gran variedad de personas.
Y si me tengo que quedar con algo es con eso, con el variadísimo paisaje humano que hay en esta ciudad.
Ahora me voy a la cama que aquí ya son más de las 10 y media de la noche, y después de estar sin dormir dos noches como Dios manda, ya nos toca. Uy perdón, como Shiva manda, bueno, mejor lo dejamos que podría estar enumerando meses y meses todos los dioses que aquí se veneran, y no es el caso, así que a la cama para estar mañana fresco.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

lunes, 14 de septiembre de 2009

Los preparativos

Foto: Estatua de Buda que me recibe en un restaurante al que suelo ir a menudo. Terrassa, agosto de 2009
Lo que más me fastidia cuando me voy de viaje es hacer las maletas. Sobre todo porque tengo que pensar lo que me apetecerá ponerme allí donde vaya, porque tengo que prever el tiempo que hará y lo peor de todo porque siempre me queda aquella sensación rara de que algo importantísimo se quedará en casa, y no me refiero a la perra, no, me refiero a alguna cosa que necesitaré durante el viaje.
Aunque todo sea dicho, la verdad es que con algo de ropa, calzado cómodo y el cepillo de dientes ya hay suficiente, el resto se puede ir consiguiendo. Uy, perdón, no, no, que me olvidaba añadir a la lista, que no a la maleta, una cosa importantísima: el FORTASEC. Sí, sí, en mayúscula, porque cuando viajo para mí es como el scotch brite, yo no puedo estar sin él —para los que no lo sepan el fortasec, es un medicamento contra la diarrea muy práctico para los que como yo tienen el intestino flojo cuando salen de casa.
Por suerte esta vez he tenido tiempo de repasarlo todo, de comprobar que no me deje nada y encima me ha sobrado tiempo para actualizar antes de irme. Es lo que tiene disponer de un par de días anteriores al viaje.
Mañana me voy a la India y a Nepal, si puedo igual actualizo desde allí, pero si las circunstancias no me dejan lo haré a la vuelta, prometo traer historias nuevas que contar.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

martes, 4 de agosto de 2009

Me estoy quitando

Foto: Yo, justo antes de la bajada a Sa Calobra. Mallorca, julio 2009
Sí, a pesar de lo que diga mi camiseta, me estoy quitando —“ambicia’t”, en catalán, juego de palabras intraducible que vendría a ser algo así como “envíciate” y “con bici”, para promocionar el uso de las bicicletas en mi ciudad, burda copia, aunque con buenas intenciones, pero sin presupuesto, del magnífico Bicing barcelonés. — Digo que me estoy quitando y por eso aparezco con los ojos tapados como un toxicómano en rehabilitación, y eso era lo que yo pensaba esta mañana, que me estaba quitando de viajar, porque hacía tiempo que no salía por ahí a recorrer el mundo, aparte de los viajecitos cortos a Mallorca, a Valladolid, a Valencia o a Alicante a visitar amigos y familia; pero me he dado cuenta de que no, de que la apatía que llenaba mis días, se ha visto alterada cuando mi hombre ha puesto en mis manos la posibilidad, todavía por concretar, de viajar en nuestras vacaciones al sudeste asiático o al sur de África.

Y es que ésa es mi droga, viajar, y empaparme de todo lo que veo, sólo contemplando y aprehendiendo. Prometo que en el próximo viaje me quitaré la venda y volveré a mirar el mundo como rueda. Ah! Y si puedo os lo cuento.

Que tengáis un buen día, viajeros.

Entrellat
Por cierto, ¿habéis visto mi libro? Si queréis echarle un vistazo aquí está el link http://franrueda.bubok.com/

martes, 16 de diciembre de 2008

En el parque temático

Nuestra estancia en Madrid coincidió con el 30 aniversario de la Constitución. Para celebrar el evento, se habían organizado dos jornadas de puertas abiertas en el Congreso de los Diputados, y como a una de las personas que iba con nosotros le hacía ilusión visitar el congreso, máxime en una fecha como aquella, nos acercamos el primer día para visitar el hemiciclo e intentar distinguir en el democrático techo del recinto las marcas de las balas que un 23 de febrero el señor Tejero hizo vestido con sus mejores galas.
El primer día llovía, pero aun así la cola ya daba la vuelta por el museo Thysen y continuaba Paseo del Prado arriba. Sin querer averiguar hasta dónde llegaba, decidimos cambiar de planes y hacer otras cosas de las que teníamos en el “programa”.
El segundo día a primera hora ya estábamos allí. Pasamos por delante de “La tienda del Congreso” (ver foto) y seguimos hacia la puerta de los leones, por un lateral de la cual estaba la entrada a la visita. Para ser educado diré que me pareció curioso que existiera una tienda en la que comprar jarritas para el desayuno, y otros suvenires con motivos del hemiciclo, como si de un parque temático se tratara, y me imaginé a los ministros vestidos de leones de fieltro, o de Guardias Civiles golpistas repartiendo folletos y vales descuento para consumiciones en el McCongreso, diciendo a la gente que pasaba con sus bandejas, “se sienten, coño”.
Para los que conozcáis Madrid, la cola ya bajaba por la Carrera de San Jerónimo, daba la vuelta por el museo Thysen seguía por el Paseo del Prado hasta llegar a la Cibeles; para los que no lo conozcáis, preguntamos a un policía que controlaba el evento y nos dijo que había unas 4 horas de cola. Por supuesto volvimos a desistir, aun a sabiendas que era la última oportunidad que teníamos de visitar el recinto donde nuestros representantes se pelean y discuten nuestro futuro.
Aun así, creo que ganamos con el cambio, no porque al dejar el Congreso viéramos una enorme limusina en la puerta del hotel que está justo en frente, de la que bajó Paris Hilton ataviada con un magnífico chándal rosa y gris, no. Si no porque el cambio consistió en ir al Reina Sofía. Los que no lo habían visitado nunca decidieron ir a ver el Guernica y su casi más espectacular colección de obras preparatorias, y el resto, Eme y yo, fuimos a ver la inquietante exposición retrospectiva de fotografías de Alberto García-Alix, y otra menos inquietante pero también interesante de Zoe Leonard. Sin embargo debo reconocer que la primera me dejó tan impresionado (y a Eme también), que no disfruté de la segunda, todavía tenía la cabeza en la primera. Mañana os hablo de la exposición de García-Alix, creo que se merece una actualización aparte.
Justo después nos fuimos a tomar un café a la preciosísima cafetería de la ampliación del museo, diseñada por el arquitecto Jean Nouvel, que como todo lo que hace este señor, autor entre otras cosas de la Torre Agbar en Barcelona, o del Instituto del Mundo Árabe en París, tampoco nos dejó indiferentes.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: La tienda del Congreso. Foto 2: fachada del congreso. Madrid, diciembre de 2008

lunes, 15 de diciembre de 2008

La Costanilla de San Andrés

Foto: La Costanilla de San Andrés, en el barrio de La Latina. Madrid, diciembre de 2008

Salíamos del restaurante donde habíamos parado a cenar, pero en vez de desandar nuestros pasos para llegar al hotel, decidimos no bajar por la Costanilla de San Andrés, que aunque su nombre ya nos había avisado la primera vez de lo empinado del trazado, y aunque esta vez hubiera sido de bajada, después nos hubiera esperado traicioneramente la subida de la calle Segovia.
Era la última noche y la reserva de fuerzas y de antiinflamatorios estaba llegando a su fin; por eso decidimos acabar de subir los metros que nos faltaban de la Costanilla de San Andrés, y seguir hasta el metro de La Latina.
Al final de la subida estaba la iglesia que compartía nombre con la Costanilla. En la puerta había un par de “sin techo” calentándose con una improvisada hoguera que habían hecho dentro de un bote de metal. Seguimos caminando y en un entrante que había en un portal, había otro preparándose para dormir en la calle. Tenía una goma en el brazo, y una jeringuilla en la otra mano. Me gustaría decir que se preparaba para pasar la noche tomando un caldito caliente, mientras se metía en un saco de dormir; pero no era así. Se preparaba para pasar la noche, sí, pero seguramente “el caldito” que se iba a meter intravenoso, era lo único que se metía en el cuerpo ese día.
Un poco más adelante, a tan sólo unos pasos, caminando delante del teatro que Lina Morgan tiene allí, una chica le preguntaba a un chico más o menos de su edad: “¿Saben tus amigos que te metes?”. El chaval daba excusas de mal pagador diciendo: “Bueno, alguno, no todos”. Estos dos iban bien vestidos y se dirigían seguramente a comprar algo con lo que “divertirse”.
Unos pasos más allá estaba la parada de metro La Latina. Bajamos por las escaleras, tomamos un tren y nos dirigimos hacia nuestro hotel, hacia nuestras calentitas y secas habitaciones. Aquellos “sin techo” que habíamos dejado atrás, no eran los primeros con los que nos habíamos cruzado en este viaje, y tampoco tenían la misma suerte que nosotros.
En este viaje como siempre he vuelto enamorado de Madrid, de su gente, de sus historias, de su cultura, pero esta vez he visto también un Madrid menos amable, más deshumanizado que otras veces.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

viernes, 7 de noviembre de 2008

La fundación II

En la actualización anterior decía que César Manrique compró los terrenos sobre los que había localizado las cinco burbujas volcánicas y que construyó allí lo que sería su casa.
A pesar de que las burbujas ya estaban allí, y estaban interconectadas entre si, tuvo que contratar a unos dinamiteros para que hicieran unos pasadizos más accesibles entre una y otra burbuja, pulir la parte baja de las salas y allanar el suelo, el resultado fue increíble. En la foto podéis ver una de las salas, en la que incluso hay una palmera, cuya copa sale hacia la parte exterior y va a dar a lo que es el jardín de entrada de la casa, en otra de las burbujas, sigue estando la higuera que le llevó hasta allí. Como casi toda la obra de Manrique, esta casa intenta integrar el paisaje volcánico con las intervenciones que él realizó, y creo que lo consiguió.
Poco a poco la construcción fue adquiriendo renombre, no sólo entre arquitectos y personas famosas de la isla, sino también entre gente de fuera de la isla, y el número de visitas que recibía César en su casa era cada vez más numeroso, hasta tal punto que llegó a ser un agobio para él. Decidió entonces transformar su hogar en una fundación, su fundación. Volvió a construir y a decorar una nueva casa con los muebles que tenía de la anterior y allí fijó su nueva residencia, en el municipio de Haria, un lugar algo alejado, si es que existe la palabra lejos en Lanzarote. Empezó entonces a preparar la casa sobre las cinco burbujas para convertirla en un museo en el que poner su obra y la colección de obras de otros artistas amigos, que había ido atesorando durante toda su vida.
Llegó a inaugurarla y la vio en pleno funcionamiento, pero a la salida de una de sus muchas visitas a la fundación, tomo su coche, se saltó un ceda el paso y tuvo un accidente de tráfico que le sesgó la vida a la edad de 73 años. Corría por aquel entonces el año 1992.
Su vida se acabó, y con él sus muchos proyectos pendientes, el más importante de todos, convertir la isla de Lanzarote en su gran obra. Tal vez pueda parecer pretenciosa esa intención, pero es innegable que Lanzarote no sería lo que hoy es sin su integradora y no menos ecológica visión del arte.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto1: Una de las burbujas volcánicas acondicionada como sala de estar. Foto 2: Yo en el jardín inferior, donde está situada la piscina. Fundación César Manrique. Lanzarote, octubre de 2008

martes, 4 de noviembre de 2008

La fundación

En mi actualización del pasado día 27 decía que gracias a Manrique se habían fijado unos criterios urbanísticos en la isla de Lanzarote, que convertían a los pueblecitos que uno se iba encontrando por las carreteras en enormes y preciosos belenes.
No he leído exactamente en qué consisten esos criterios, pero uno descubre observando que el único color que está permitido es el blanco, aunque alguna que otra casa se arriesga con un tono beige, o con algún tono tierra; en las ventanas, puertas y balcones, el verde y el marrón son los colores que predominan; y no existen las tejas, son caras y poco necesarias, ya que casi no existe la arcilla y es la menos lluviosa de todas las islas; los tejados son como las paredes, blancos y de rebozado.
Esos criterios que parecen restrictivos y austeros, demuestran una eficacia y una genialidad absolutas, pero donde realmente uno tiene la sensación que Manrique era un genio, es en lo que había sido su casa, lo que ahora es la Fundación César Manrique. Allí uno descubre espacios como el de la foto, en los que parece que la casa estuviera antes que las erupciones volcánicas, porque ha integrado las lenguas de lava en el interior de la construcción, como si hubieran entrado por la ventana; porque burbujas volcánicas en el subsuelo están integradas como habitaciones más de la vivienda.
Parece curioso, pero fue un vigilante de la fundación, y no un guía, el que nos contó la historia de la casa. Más o menos esto fue lo que nos dijo:
César Manrique se encontraba por lo que entonces era un descampado de lava, haciendo fotos y al ver una higuera se acercó, porque le pareció curioso que un árbol de esas características creciera y diera frutos en medio de la nada. Descubrió que la higuera estaba metida en un agujero grande, y que lo que salía hacia el exterior era únicamente la copa del árbol. Sin pensárselo dos veces bajó descolgándose por el tronco de la higuera y descubrió una enorme burbuja volcánica a la cual se le había caído el techo y en la que había crecido este intrépido árbol. Descubrió, además, que esta burbuja no estaba sola, que estaba interconectada con otras cuatro burbujas más, a modo de cuevas con entradas de luz en el techo.
Compró esos terrenos, y sobre estas cinco burbujas construyó lo que sería su casa, lo que sería su fundación y lo que acabaría costándole la vida. Pero cómo sucedió todo eso, os lo cuento mañana.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Detalle de una ventana de la Fundación César Manrique. Foto 2: Una colada de lava integrada en una pared de la casa. Lanzarote, octubre de 2008.

jueves, 30 de octubre de 2008

El frio de la bestia

“No podía verlo, pero notaba su cara seria y el frio de su cuerpo en mi mejilla, mientras él y su hermano miraban impertérritos al frente. Hacían bien su trabajo de vigilantes, por eso me abracé a uno de ellos. Intentaba, ignorante de mí, que la sabiduría y experiencia de todos estos años pasara a través de su fría y dura piel. Sabía que la bestia vivía siempre enfadada, a pesar de que la isla y aquella ciudad en particular, que se creía todavía capital, como lo había sido en tiempos de piratas, le acogían sin hacer casi preguntas.
No sabría decir si el frio de su corazón venía de la morriña que sentía por su tierra, o porque ahora no tenía ningún templo que proteger, ni él ni su hermano. La puerta del antiguo cine, donde estaban situados, y el abrazo de algún viajero despistado, no eran suficientes para calentar ese corazón, que hacía siglos había luchado contra corajosos caballeros.
El antiguo cine, a pesar de recoger en la actualidad una colección de muebles seleccionada con mucho gusto, y un montón de bagatelas que con su venta hacían que la guapísima y elegante propietaria pudiera sobrevivir, no saciaban las expectativas de tan valientes guerreros. Sin embargo sabían que podían haber acabado en peor sitio, como les había ocurrido a dos de sus hermanos, que actualmente estaban en la puerta de un restaurante chino; y por eso sus quejas no se hacían oír mucho, tan sólo en los días ventosos, cuando sus lamentos se confundían con las voces del viento, que en esta isla son muchas.”
Eme disparó la cámara. Luego seguimos caminando y disfrutando de la preciosa Teguise; incluso nos sentamos en una terraza a tomarnos una copa de Malvasía, ese vino tan curioso que los isleños, con su dominio de los elementos han conseguido robarle a la tierra y a los vientos.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Yo, en un antiguo cine, que actualmente es una tienda de importación de objetos y muebles chinos. Foto 2: Fachada del antiguo cine. Teguise (Lanzarote), octubre de 2008

lunes, 27 de octubre de 2008

Ave, César!

No, no estoy saludando a los Césares romanos, ni al geógrafo Claudio Ptolomeo, que hizo la primera cartografía de las Canarias, y las declaró como el “finis terrae” (el fin de la tierra). Saludo a otro César, a César Manrique, el ARTISTA, el naturalista, el ecologista y visionario lanzaroteño, o conejero, como se les llama a los habitantes de esta isla.
Manrique es sin duda el autor y responsable de que la isla sea hoy en día lo que es, a pesar de la especulación de los 70, y el boom de la construcción de los 90. Nadie puede concebir hoy en día este pequeño espacio volcánico sin la intervención de Manrique.
No negaré que zonas como la caótica Arrecife, el explotadísimo Puerto del Carmen, Costa Teguisse, o incluso la más nueva Playa Blanca, no sean demasiado agradables para la vista; pero todo eso queda superado cuando uno visita el resto de la isla: el Parque Nacional de Timanfaya, donde uno cree estar en la Luna, y la tranquilidad se corta con cuchillo; o la zona del Malpaís, y los pequeños pueblos del interior, o los pequeños pueblos marineros. Allí uno se da cuenta que, gracias a Manrique, la isla es un modelo a seguir en el desarrollo turístico que pretende respetar al medio ambiente y la identidad de cada uno de estos lugares.
Pueblos como Teguise, donde los edificios están tan bien conservados que uno no sabe dónde está; o playas como Famara, con kilómetros de arena fina, que con unas altísimas montañas a la espalda, parecen protegerle a uno de esas olas que tanto gustan a los surfistas y que nos sorprenden tanto a los mediterráneos, hacen de este espacio natural algo singular.
César Manrique, tras un periplo madrileño y neoyorquino, en el que conoce entre otros a Andy Wharhol, regresa a Lanzarote con un merecido reconocimiento por su obra, con la cabeza llena de ideas y más necesitado de su tierra que nunca. Sin ser arquitecto, pero bajo el respeto y el amor hacia la desnudez de su tierra y sus gentes, se encarga de fijar unos criterios urbanísticos que todavía están vigentes en la isla, y que han hecho que los pueblecitos parezcan belenes, situados en medio de un árido paisaje. No inventó nada, sólo se dedicó a observar lo que ya había, una arquitectura sin arquitectos, de subsistencia, pero respetuosa con su entorno y que recogía las necesidades de sus gentes.
Su idea era hacer de la isla su gran obra. No negaré tampoco que todo, absolutamente todo, parece estar preparado para el turismo, incluso parte de su obra indica a los isleños y visitantes dónde están los lugares de interés, pero para alguien que viene de fuera como yo, no deja de sorprender cómo todo está integrado, o por lo menos esa es la intención. Seguro que existen grandes detractores de Manrique, no lo sé, no los encontré, pero ante una obra de semejante importancia, siempre suele haber alguien en contra. Como siempre, el tiempo pondrá las cosas en su sitio.
Mientras tanto, si podéis, haced una visita a la isla, alquilad un coche, y perdeos por los caminos y rincones que todavía tiene vírgenes. Seguro que no os defraudará. Y por supuesto no os perdáis la Fundación César Manrique, su antigua casa, la que llegó a costarle la vida, según nos contó un vigilante. Aunque esto ya os lo explicaré en otro momento.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
Foto1 : Paisaje típico de la isla de Lanzarote. Foto 2: La playa de Famara, con la Isla Graciosa al fondo. Octubre de 2008

viernes, 10 de octubre de 2008

Sucedió en octubre

Son las cinco de la mañana. Ra surge del cuerpo de Nut, diosa del firmamento. Como cada mañana, después de haber recorrido el interior de su cuerpo, de haber transitado por el más allá, vuelve a nacer regenerado tras ver el escarabajo; en ese momento extiende sus alas cálidas sobre el aeropuerto de Abu Simbel, donde tres almas, que ya permanecen aferradas a su nueva tierra, esperan impacientes una experiencia que cambiará sus vidas.
Así describí en el álbum del viaje nuestra primera excursión en Egipto, a Abu Simbel; porque así fue, aquel viaje cambió mi manera de pensar respecto a lo que los viajes nos aportan, cambió mi percepción del mundo, cambió mi vida. Hasta entonces no había salido de Europa. Todo lo que yo conocía se parecía a lo que hoy vivimos aquí, a lo que nos han dejado los diferentes pueblos que han pasado y han poblado el viejo continente; blindado, eso sí, por el tiempo, la prosperidad, y un halo de seguridad y bienestar; aunque hoy en la situación de crisis que vivimos, todo eso es una gran nube de humo.
Dicen que de las crisis siempre se aprende algo, que uno sale regenerado, como lo hacía Ra cada amanecer. Yo tuve también mi gran crisis en este viaje. Recuerdo un momento en el que los tres solos, Eme, Ene y yo, caminábamos desde la Mezquita de Alabastro hacia el Barrio Copto. Nos habíamos salido de los circuitos turísticos y nos habíamos metido en la boca del lobo. En aquel largo paseo acabé llorando, porque no sabía lo que hacía yo allí, porque no sabía cómo todo aquello que pasaba por delante de nuestros ojos, existía realmente, y no era un documental de la dos. Pero esta historia ya la contaré en otra ocasión.
Además de ser mi destino más deseado, pues desde que tengo uso de razón siempre había querido ir a Egipto, el viaje reunía todas las cosas necesarias para ser un gran viaje, y así lo fue: el lugar que visitamos y la compañía.
Del destino qué decir, que Egipto había despertado mi atención desde que en el colegio vi una foto de las pirámides. Por supuesto que entonces no me imaginaba que acabaría estando allí, y que acabaría modificando mi manera de pensar.
De la compañía, a Eme ya lo conocéis, ya sabéis como es, y lo que significa para mí; y de Ene… decir que fue el primer viaje que hicimos juntos, un viaje lleno de olores, de sensaciones, de risas, muchas risas, y hasta llantos. La casualidad, o nuestros trabajos no nos han dejado hacer otros viajes como este, y nos hemos conformado, ni más ni menos que con ser grandes amigos, con viajar cada día en el veloz viaje de la vida; pero sé que algún otro destino importante nos espera, lo sé desde aquel día a las 5 de la mañana en el aeropuerto de Abu Simbel.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Eme, Ene y yo con un grupo de abuelas madrileñas, con el que coincidíamos en todas las excursiones y visitas. Egipto, octubre de 2000. Foto 2: Ene y yo imitanto una escena repetidísima en las paredes de las tumbas en la habitación del hotel
PS: y ahora me voy a preparar mi maleta, que mañana me voy a Lanzarote con mi hombre, para celebrar nuestro primer aniversario de boda. Además, me he regalado un iphone. Si el tiempo y la cobertura 3G lo permite iré actualizando durante estos días, si no a la vuelta os cuento.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Retratos turcos: Ismail y sus gatos

Hacía unos seis meses que el propietario del puesto de libros le había despedido, porque había recibido quejas de los compañeros de los puestos de al lado, conforme Ismail alimentaba a los gatos que había a la entrada del patio del Gran Bazar, donde están situadas las librerías. A pesar de que Ismail era una buena persona, las quejas de los compañeros venían dadas porque habían visto crecer el número de animales progresivamente desde hacía un par de años; y hasta algunos, los más cercanos a la puerta, habían encontrado algunas pulgas dentro de su puesto. Después de avisarlo un par de veces, no dudaron en denunciarlo al dueño de la librería, que debido a la confianza que tenía a Ismail, pasaba tan sólo una vez por semana por el puesto del Gran Bazar, los viernes a la hora de cerrar, para cobrar los ingresos de toda la semana. Aún así, y tras un par de avisos, no dudó en despedirlo cuando las quejas se volvieron a repetir.
Ismail, como todos días llegaba a la hora de abrir las paradas, pero ahora ya no traspasaba la puerta del patio, se dedicaba a limpiar la caseta de los gatos, a cambiar el agua de los cuencos donde bebían, y a dejarles algo de comida, la que había conseguido reunir de los bares de los alrededores. Cada día, después de comer, los gatos se le acercaban refregándose en su pantalón y maullándole suavemente, y le regalaban su gratitud y alguna que otra pulga.
Algunos de sus antiguos compañeros pasaban de largo al ver a Ismail adecentar la caseta de los gatos, que él mismo había construido, aun así Ismail los saludaba, día tras día, sin saber por qué ellos bajaban la cabeza y entraban al patio sin decirle nada, como si estuvieran enfadados con él, o como si hubieran hecho algo malo.
Ismail había pensado en llevarse los gatos de allí a otro rincón donde molestaran menos, pero sabía que si se los llevaba, los roedores volverían, igual que habían llegado hacía bastantes años, antes de que él trajera una pareja de gatos, para solucionar el problema. También sabía que si volvían, acabarían con algunos de los mejores tomos de sus amigos libreros, de los más antiguos, los preferidos por los ácaros, pero también por los ratones, y por eso había desistido de su idea.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Un alimentador a la entrada del patio de las librerías. Foto 2: gatos descansando fuera de la caseta. Estambul, agosto de 2008
(Si quieres verlas a tamaño natural, haz doble clic sobre la foto)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Por la bajada de la torre

Ningún cartel llamativo dejaba claro que aquel edificio era un restaurante; tan sólo una pequeña nota en un papel colgado en la puerta indicaba que podías comer o tomar una copa en aquel sitio. Como es normal lo pasamos de largo y seguimos nuestro camino por una de las empinadas cuestas que bajan de la Torre Gálata hasta el mar. Andábamos buscando aquel edificio, ya que por la curiosa utilidad que había tenido en la antigüedad, había llamado la atención de Jota, durante la preparación del viaje, antes de llegar a Estambul, y llevaba anotada la dirección en su libreta; así que cuando lo pasamos de largo, volvimos a subir unos metros, y allí estaba aquella antigua prisión inglesa, transformada en un curioso restaurante, que sin quererlo se convirtió en uno de los momentos más entrañables del viaje.
El edificio tenía un aire inglés, pero si no hubiera sido por las indicaciones de la guía de Jota, no lo hubiéramos encontrado, porque nada parecía recordar que aquello había sido una antigua prisión hacía un par de siglos. Estaba decorado de una manera sencilla, con un aire retro, pero muy agradable. Una pareja de georgianos, habían rehabilitado aquel espacio, además de algún otro edificio más de la zona.
El local estaba completamente vacío, lo que de entrada no es una buena garantía para un restaurante. La propietaria nos acompañó al piso superior donde estaban las mesas mejor montadas, pero nosotros decidimos salir a la terraza, la iluminación parecía más agradable y la suave temperatura de la noche lo permitía. Por supuesto nos dejó sentarnos donde quisimos, y se fue. Al cabo de unos segundos vino el marido. Mientras tomaba nota de las bebidas, nos preguntó de dónde éramos. Al decirle que de Barcelona, sacó su enorme catálogo de elogios hacia Gaudí y su obra, y fue en aquel momento cuando nos enteramos que era arquitecto, y que con la ayuda de su señora habían rehabilitado y reconvertido aquel curioso lugar en lo que ahora era. Se esforzaba en hablar algunas palabras en castellano, aliñadas con algo de italiano, sobre un lecho importante de inglés. Qué fácil de digerir una conversación así, sobre todo para los que como yo no dominamos la “cocina inglesa”.
Luego vino la señora a tomar nota de los platos. Le dejamos escoger los primeros a ella, y nos regaló las papilas con unos variados y riquísimos entrantes. Para los segundos también pedimos consejo, ya que aunque la carta estuviera en inglés y alguno de nosotros lo hablaba, era difícil saber realmente de qué se trataban aquellos platos de cocina georgiana con influencias turcas.
Podría decir que acabamos la velada con unos buenísimos postres caseros, pero no, la guinda la puso la señora. Después de servirnos se sentó al piano, e interpretó para nosotros un pequeño concierto de canciones populares rusas. Marie y Jota aprovecharon para bailar y sus abrazos se mezclaban con la música y la voz de la pianista georgiana. Era precioso verlos en aquel encantador sitio, disfrutando de aquella manera.
Aquella noche Georgia volvería a ser protagonista otra vez, pues cuando llegamos al hotel nos enteramos que Rusia había ocupado con sus tropas parte de la ex república soviética.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Eme en un momento de la cena. Foto 2: Marie y Jota bailando en el restaurante. Estambul, agosto de 2008

sábado, 6 de septiembre de 2008

Vocación europea

Cuando llegué al aeropuerto de Estambul, me sorprendieron las matrículas de los coches. Tienen la franja azul como las de los miembros de la Comunidad Europea. Llevan las letras TR, y un espacio ya reservado para poner el círculo de estrellas, cuando ingresen de pleno derecho en este curioso proyecto que es “Europa”.
Nada más llegar al hotel, puse instintivamente la televisión. Casi siempre lo hago, porque la televisión dice mucho de un país, no siempre de cómo es, pero sí de la imagen que se quiere dar al mundo. Cuando miras la televisión te das cuenta que las series, los concursos, todo, está vestido de ese aire “europeo”. Nadie diría que la mayor parte de la población es islámica. La normativa también declara al país como laico, y hace 80 años aproximadamente cambiaron el alfabeto árabe, por nuestro alfabeto latino. Turquía parece tener vocación europea.
La realidad, sin embargo, es otra. Todos sabemos que hace unos años llegó al gobierno un partido pro islámico, y que para que esto haya pasado, ha habido un resurgimiento de los valores islámicos en general. Léase como ejemplo la vuelta masiva del uso del pañuelo en las mujeres.
Toda esta renacida filosofía pone en riesgo la integración de Turquía a la Comunidad Europea, porque en una comunidad en la que se defiende a capa y espada el laicismo, a excepción de algunos casos como los ultracristianos de Polonia, no tiene cabida la religiosidad institucional. Se plantea entonces la pregunta de si es el pueblo quien tiene vocación europea, o si era el estado.
El otro día leía una actualización de Ruty, una espléndida mujer israelí, y gran fotógrafa, en la que muy sabiamente defendía el modo de vida de los beduinos de su país, incluido el uso del velo en las mujeres, o temas tan delicados como la bigamia. Mi comentario fue otra pregunta, que es la que me suelo hacer a menudo en cosas que no entiendo, y que me suele dar la respuesta para "aceptar" como razonable o no, una actitud vital: ¿son libres para elegir hacerlo o no? En el caso del velo de las mujeres creo que no son libres, que la "presión social" es tan grande que se sienten mejor llevándolo; pero eso no es libertad de escoger. En esos casos se suelen dar situaciones tan curiosas como el uso de pelucas, porque enseñar el pelo de una peluca sí está permitido, ya que no es su pelo. Aquí a eso le llamaríamos: “hecha la ley, hecha la trampa”.
Respecto de la bigamia, la pregunta sería si es "razonable" que las mujeres no puedan tener más de un marido también.
Tal y como le dije a Ruty, no seré yo quien juzgue una manera de vivir, porque no hay nadie que tenga la verdad absoluta en estos casos, pero para mí lo más importante es la libertad, la capacidad de escoger, y creo que en estos casos la mujer no es libre de hacerlo.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: matrícula de un taxi. Foto 2: una pareja de islámicos en Bursa. Turquía, agosto de 2008

viernes, 29 de agosto de 2008

Retratos turcos: Faruk y su pequeño negocio

Foto: Vendedor de té en el Gran Bazar. Estambul, agosto de 2008
Aquel olor a vainilla caliente cubrió mis sentidos y le dio al momento un aire como de cuento, como si la miseria de la situación se hubiera endulzado. Mis narices se habían inflado con aquel olor, y no en sentido figurado. Los agujeros de mi apéndice habían doblado su tamaño al reconocer aquella fragancia, que me transportaba a mi más tierna infancia, cuando mi madre, en algunas tardes de invierno llenaba la casa de ese aroma, mientras preparaba unos riquísimos flanecillos de sobre.
Como el mejor reclamo publicitario, aquel olor salía de un horno de pan en el que estaban preparando dulces. Un par de puertas más allá, estaba Faruk, sentado en un escalón, sobre una bolsa de plástico, para evitar mancharse y romperse aun más, su ya raido pantalón de algodón egipcio. A su lado tenía una báscula de baño; aunque para él no era tan sólo una báscula, era su manera de ganarse la vida, su pequeño negocio. Husnu, su hermano, que había conseguido de su vecino, un antiguo juego de té y el permiso para venderlo en el Gran Bazar, le había traspasado su anterior negocio hacía apenas unas semanas.
Faruk comía frutos secos, sentado cerca del Gran Bazar, tal y como le había dicho su hermano, esperando a que alguien quisiera comprobar su peso, y recibir así algunos kurus a cambio. El primer día había conseguido tan solo 2 liras, y llegó a casa muy decepcionado; pero poco a poco empezó a hablar con la gente que pasaba por delante de su escalón, y con los comerciantes de las paradas de la zona. La cantidad de horas que dedicaba y la confianza que había ido manteniendo con ellos, hicieron que su negocio empezara a funcionar. En apenas un mes ya estaba consiguiendo 10 liras diarias, suficiente para poder comer y pagarle a su hermano lo que le debía por el traspaso.
Faruk tenía miedo de que llegara el invierno, porque sabía que los turistas dejarían de venir masivamente. Si había menos turistas, los comerciantes de imitaciones estarían menos horas, y si encima llovía, ya nadie se pararía a pesarse en su báscula. Se metió otro puñado de piñones en la boca y pensó que todavía faltaba más de un mes, para que llegara el invierno, y que no valía la pena preocuparse a tan largo plazo.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

martes, 26 de agosto de 2008

Turquía, para empezar

Foto: Collage de fotos de Turquía. Agosto de 2008. De izquierda a derecha y de arriba abajo: bañistas en Pamukkale, yo en Éfeso, el Bósforo, chimeneas en la Capadocia, Marie y su pareja, un vendedor de helados, casas trogloditas en la capadocia, una matrícula turca y Eme (mi hombre) en Pamukkale.
Cuando decido escribir sobre algún lugar que he visitado, lo hago para dejar “mi” opinión sobre lo que he visto, pero sobre todo para mostrar a los demás la impresión que lo que he visto ha dejado en mí. No se trata de ningún juicio, es sólo una opinión, completamente subjetiva, basada en mi experiencia, que seguramente, de haber ocurrido en otro momento, sería otra completamente distinta.
Para empezar Turquía, enumeraré las cosas más destacables de mi viaje. El orden no es necesariamente el de preferencia, es simplemente una relación de datos.
Lugares con los que me quedo:
Éfeso, Pamukkale, Estambul y la Capadocia.
Lo fascinante del viaje:
la compañía: Marie y Eme, que son siempre una baza segura, y en este viaje el “descubrimento” del novio de Marie, un dechado de sabiduría y de curiosidades, aparte de divertido; lo salvaje de algunos paisajes; lo espectacular de algunos otros; Estambul, que merece por si solo un viaje aparte; la variedad de etnias y la curiosa manera que tienen algunos de ganarse la vida.
Lo decepcionante:
la cantidad de km realizados; lo mal organizado que estaba el viaje; la falta de puntualidad; algunos guías incompetentes; el mal estado de conservación de Santa Sofía.
Momentos a destacar:
la cena en un restaurante situado en una antigua prisión inglesa, cercano a la torre Gálata; los paseos vespertinos por Estambul; la recogida de pasajeros de un autocar averiado y el buen rollito que se creó dentro de nuestro autocar.
De momento os dejo con estas fotos y estos apuntes, a modo de índice, que iré desarrollando en actualizaciones posteriores.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

viernes, 22 de agosto de 2008

El equipaje

Foto: Mis compañeros del viaje a Turquía con sus equipajes. Agosto de 2008

Mi prima Carlota, que es una persona muy sabia y muy “corría”, como diría una amiga mía, dice que cuanto más equipaje lleve uno, más cuesta empezar el viaje. Y yo estoy de acuerdo con ella, cada vez intento llevar maletas más pequeñas a mis viajes, y pongo menos cosas dentro, y aun así siempre vuelvo con ropa que no me he puesto, por mucho que intente ajustar el equipaje.
Por supuesto que se agradece una ducha y cambiarse de “modelito” para ir a cenar cuando uno vuelve por la tarde al hotel, cansado de patear por una ciudad, o harto de un día de autobús, pero no hace falta llevar dos “conjuntitos” para cada día. Lo que se use para la cena de ese día, se puede utilizar para el día siguiente, y seguramente un tejano, o un pantalón de algodón oscuro se puede reaprovechar más de una vez, sin llegar a ser marrano.
Donde pude comprobar que el volumen de equipaje es inversamente proporcional a la calidad del viaje, fue en el Camino de Santiago. Imaginaos llevando la maleta que habéis llevado estas vacaciones, o en vuestro último viaje, colgada a la espalda durante todo el día; bueno, menos para dormir, con todos los zapatos, pantalones, camisas, camisetas, neceser (existe la palabra así, tal cual, si alguien no se lo cree que mire el diccionario de la RAE), cargadores del móvil, cargador de la batería de la cámara de fotos, trípode, etc.
Como hice el Camino en tres partes, y encima pregunté a gente que ya lo había hecho, aprendí enseguida a llevar las menos cosas posibles: una muda de ropa puesta y otra en la mochila, que iba lavando cada día al llegar al destino; una linterna pequeña, unas chanclas para la ducha, que utilizaba también para descansar por la tarde, un pequeño botiquín, un neceser con botes pequeños, una toalla y poca cosa más. Tenía clarísimo que cualquier cosa por poco que pesara iba a descansar sobre mis hombros. En la segunda parte cambié el casi medio quilo de la toalla, por una especie de spontex, esa especie de bayeta que utilizan los deportistas y que apenas pesa 50 gramos, había que optimizar recursos.
En este viaje a Turquía, he intentado también hacer lo mismo; no llevarme la spontex, claro, pero si reducir al máximo el equipaje. Era el que llevaba la maleta más pequeña de los cuatro, y aun así creo que podría perfeccionarlo.
Cosa aparte es lo de los regalos o los recuerdos, que también aumentan el peso de las maletas a la vuelta, y lo peor es que llenan las casas de los amigos y familiares de objetos inútiles. Yo siempre he preferido traer algo que se coma o que se gaste, una comida típica, unos dulces, un licor. Así si no les gusta, por lo menos lo pueden tirar sin remordimientos.
Tengo muy claro que cuantas menos cosas lleves en la maleta, menos te cuesta salir, menos te cuesta emprender el vuelo, de lo que no estoy tan seguro, es si mi prima Carlota se refería a ese tipo de equipaje y a ese tipo de viaje. Seguramente no.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

viernes, 1 de agosto de 2008

Delfines en mi velero: Abber III

Foto: Abber, las tres murcianas y el guía de la plantación. Cuba, julio de 2001
(Viene de la actualización del 29-07-2008)
Apenas había anochecido cuando llegamos al bar de copas. Era una especie de entrante en la roca, bastante grande; como una cueva. Estaba cercano al mural de la prehistoria, una pintura tan grande, como horrible, pintada directamente sobre la roca. Tenía una pista de baile a dos alturas, aprovechando el desnivel natural de la cueva, esta distribución dejaba claro que allí se hacían actuaciones de vez en cuando; también había una barra de bar y unas 10 o 12 mesas. Estaba regentado por un camarero que, si no hubiera portado tan bien con nosotros, era para pegarle, por lo “listillo” que demostró ser. Nos propuso un juego, que consistía en que él nos decía un país del mundo y nosotros teníamos que adivinar la capital; y luego al revés, nosotros decíamos el país y él decía la capital. A los que ganaran les regalaba el primer mojito que nos había servido. Lo que empezó siendo divertido, acabó por repatearnos el estómago, por lo mucho que sabía el camarero y lo poco que sabíamos nosotros. A ver, ¿quién de vosotros sabía que la capital de Burkina Faso es Uagadugú? Si yo ni siquiera sabía que existía un país con ese nombre. Bueno, seguro que muchos sí lo sabíais, pero como digo nuestra ignorancia era tan grande como nuestra sed de mojitos.
Cuando llegamos, tan solo había una pareja en el recinto, pero enseguida se marchó y nos quedamos solos con el camarero. Después de un par de copas, ya no teníamos ganas de jugar al famoso juego capitales-del-mundo-a-cambio-de- mojitos; preferíamos jugar a tú-nos-traes-los-mojitos-nosotros-los-pagamos-y-no- nos-comas-el-tarro-chato. Por cierto, nadie ganó ni un solo mojito.
Ninguno de nosotros había fumado en todo el día. Es más, yo pensaba que nadie fumaba, cuando en un momento, una de las tres murcianas sacó un paquete de Fortuna con los cigarrillos arrugados, y nos tiramos al paquete como un grupo de jubilados se hubiera tirado a una caja de viagra. Acabamos con los cigarrillos en un santiamén y nos reímos porque todos habíamos manifestado en un momento u otro que no fumábamos.
Abber abrió la veda, y salió a la pista de baile, demostrando que no es necesario ser negro para tener buen ritmo en el cuerpo. Al final salimos todos, y acabamos bailando música cubana. Nos enseñó un movimiento de hombros que llamaban “tembleque” y que nos hacía parecer entre posesos y epilépticos, pero la dosis de mojitos en sangre ya había superado el nivel justo para que la vergüenza abandonara nuestras mentes, y dejara paso a las risas incontroladas.
Al final de la noche, Abber insistió en que quería poner dinero en el bote para pagar los mojitos y la gasolina que necesitábamos para volver. Él decía que era uno de nosotros, que se lo había pasado tan bien como lo hacía con sus amigos. Nos costó convencerlo de que era nuestro invitado y que nos correspondía a nosotros correr con el gasto de los mojitos y de la gasolina.
Regresamos a Pinar del Rio, y al despedirnos nos “discutimos” entre nosotros sobre si era procedente darle una pequeña propina por los servicios, ya que hacer eso era quitarle el título de “amigo” que él había manifestado conseguir con nosotros. Al final, una de las chicas, con la que había tenido un pequeño tonteo, fue la encargada de darle una pequeña ayuda para su “certificado médico”. Abber insistió en regalarnos a cambio su casete de Carlos Manuel y su clan, una de sus más preciadas joyas.
Lo dejamos en el porche de su casa y mientras nos íbamos el chaval miraba el coche, diciéndonos adiós con la mano, con una sonrisa llena de tristeza. Seguimos nuestro camino, en silencio al principio y comentando la jugada después.
Delfines que se acercaron a nuestro velero hubieron algunos durante el viaje a Cuba, pero que cantaran con voz de sirena como lo hizo Abber, ninguno.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat

martes, 29 de julio de 2008

Delfines en mi velero: Abber II

Foto: Transporte de trabajadores, camino de la plantación. Cuba, julio de 2001
(Viene de la actualización anterior)
Abber dejó la bicicleta en el porche, entró en su casa y al cabo de unos minutos salió con una cinta para casete, y se subió al maletero del coche, al cofre como decía él. Pusimos la cinta en el reproductor y empezó a sonar la música de Carlos Manuel y su clan, que nos acompañaría durante todo el viaje.
Durante el trayecto, algo más largo de lo que había dicho al principio, Abber iba cantando las canciones del casete. Las volvíamos a poner una y otra vez, porque al chaval le gustaban mucho, y porque no teníamos ninguna más, todo hay que decirlo. Al final todos acabamos cantando casi a la perfección “Agua fría”.
-¿Y cómo decías que te llamabas? - le pregunté
-Abber
-¿Es un nombre cubano? ¿Es bastante corriente? – insistí curioso por saber algo más sobre el chaval.
-Noooo, Abber, de Abberto – dijo con su mejor acento cubano.
¡Alber, de Alberto! Me quería morir de la vergüenza, por haber sido tan tonto y no caer en semejante obviedad. Luego durante el resto del viaje, cuando ya no estaba con nosotros, seguimos haciendo broma sobre mi metedura de pata.
A pesar de eso, Abber tenía una facilidad muy grande para imitar los acentos, y mientras nosotros intentábamos imitar a unos pijos mexicanos de Veracruz que compartían hotel con nosotros, él empezó a imitar también el acento mexicano, e incluso a imitarnos a nosotros mismos. Nunca había pensado que yo tenía acento alguno; pensaba que tenía acento neutro, que era difícil saber de donde era cuando hablaba en castellano, pero no. Al final acabamos reventándonos de risa y hablando todos en “mexicano”.
Hablaba muy bien francés, y siempre que venía algún turista de ese país a la ciudad, nos comentó que solía hacer de guía improvisado. Su acento era bastante bueno. Explicaba cosas de París con la misma ilusión con que imagino Marco Polo debía explicar sus viajes a la China, sólo que él nunca había estado allí. Nos explicó que su gran ilusión era viajar a París, y esperaba visitar Europa cuando pudiera salir del país.
Nos había informado que por la visita a la plantación, con la entrada incluida, nos cobraría una cantidad que no recuerdo, pero que nos pareció irrisoria, y en esa entrada ya estaba incluida su comisión.
Tenía pendiente de hacer algo parecido al servicio militar, y con toda la naturalidad del mundo, nos explicó que estaba ahorrando con lo que conseguía como guía, para “comprar” un certificado médico que le permitiera quedar exento por incapacidad. Esa es una de las “ventajas” del “sociolismo”, que todo se puede comprar. Aquí creo que también, sólo que el precio es un poco más caro.
En la visita a la plantación nos llevaron a los invernaderos, a los secaderos, y a los liaderos, donde nos hicieron una demostración de cómo liaban el tabaco. Nos preguntaron si alguno de nosotros fumaba, y claro yo, que hacía poco que había dejado de fumar cigarrillos, dije que sí, pero que lo estaba dejando. Parece ser que la pregunta era si alguien fumaba puros, pero yo con mi ignorancia y por no ser descortés, no quise desmentirlo. Ya me había pasado alguna vez con otras cosas. Una vez me preguntaron si fumaba, y yo dije también que sí, por su puesto refiriéndome a cigarrillos otra vez, pero no me había dado cuenta que la otra persona me alargaba con la mano un porrete, a la vez que hacía la pregunta, así que después de haber dicho que sí, me vi incapaz de negarlo, y ya me tienes fumando costo por primera vez, como el que no quiere la cosa. ¡Santa inocencia!
En este caso, mi mentirijilla tuvo premio, pues me llevaron a la casa del señor Robaina y a parte de hablar un rato con él, me regalaron un par de puritos. El abuelo Robaina, que parecía tener más de 80 años, a pesar de su avanzada edad, seguía dirigiendo para el régimen castrista lo que antes habían sido sus plantaciones de tabaco y las de sus antepasados. Lo que a otros cubanos el régimen hubiera expropiado sin ningún tipo de miramiento, al señor Robaina, se le permitía seguir “dirigiendo” para el régimen; obteniendo así algunos beneficios extras, como las entradas que cobraban por las visitas y la venta de cigarrillos bajo manga a los turistas. Otro ejemplo de las ventajas del “sociolismo”.
Salimos de la plantación con la sensación de haber visto algo diferente, de haber podido charlar con alguien a quien los turistas no tenían acceso. Abber nos preguntó qué queríamos hacer. Alguien del grupo dijo si sabía de algún sitio para tomar algo, y al resto nos pareció una magnífica idea.
Abber, que empezaba a sentirse muy a gusto con nosotros, nos llevó a un bar de copas muy especial, dentro de una cueva; pero lo que allí pasó y cómo Abber se convirtió en uno más del grupo, lo contaré en la próxima actualización.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat