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sábado, 2 de mayo de 2009

Retales de una vida

Foto: Paquita en el puerto de Barcelona, a finales de los años 60

Corría el año 1944, cuando en la mañana del 28 de abril, en un pequeño pueblo de Albacete llamado La Gineta, María Eugenia, hija de Emilio el del agua, daba a luz a su segunda hija. Le pusieron el nombre de Francisca, o Paquita, como luego vinieron a bien llamarla, porque su padre Paco el de Colín, al ver que su segundo hijo era otra niña había perdido la esperanza de tener un hijo varón al que llamar Francisco, como él. Sin embargo siete años más tarde, la cigüeña volvió a picotear a su puerta y les dejó a su tercer hijo. Éste sí era varón y por supuesto, recibió también el nombre de Francisco.
Paquita nació en la casa de su Abuela Isabel, en la calle de la Balsa, como su hermana mayor, a la que en un alarde de originalidad también llamaron Isabel. Nació como casi todos los niños nacían en aquella época, en casa, sin la ayuda de un médico, ni siquiera de una matrona. María Eugenia explicaba que ese día, cuando le llegaron los dolores del parto, estaba haciendo pis en el orinal y por muy poco Paquita no nació en semejante cuna.
Con este texto empieza la película que hemos preparado para el celebrar el 65 aniversario de mi tía. Hoy queremos que sea su gran día y le hemos preparado una fiesta sorpresa. Esperemos que se lo pase bien y que se sienta como una reina.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

jueves, 19 de marzo de 2009

Con pies de barro

Foto: de izquierda a derecha un compañero de la mili, mi abuelo, mi abuela, mi madre y mi padre con un chaval en brazos.
Carlitos miraba con ilusión el paquete que envolvía aquello en lo que había estado trabajando durante muchos días en clase. Primero lo moldeó con sus manos, aunque bajo la supervisión de la “señorita”, lo cual había proporcionado calidad al trabajo y un cierto picor en la cabeza de Carlitos, cuando recibía algún que otro coscorrón, si la señorita lo sorprendía mirando al infinito, despistado. Luego lo había dejado secar en una estantería junto a la ventana, pintándolo después, y haciéndole un envoltorio digno de aquel día.
Aquella tarde había llegado a casa después de salir del colegio sin entretenerse a jugar, corriendo, pero con cuidado de no darle golpes a la cartera para no estropear el regalo. Lo colocó encima de la mesa del comedor, buscando el sitio adecuado para que fuera visto nada más entrar. Lo había cambiado ya tres veces mientras esperaba con alegría la llegada a casa de su padre, para hacerle entrega del magnífico cenicero de barro con su nombre pintado en rojo.
Cuando llegó, su padre ni se dio cuenta de que en la mesa había un paquete para él. Se sentó en el sofá, encendió un cigarrillo, y lo único que dijo fue “¿dónde está el cenicero, tengo que tirar la ceniza al suelo? Con mucha pena Carlitos recogió su paquete de la mesa y lo guardó en el armario del mueble del salón, esperando un momento mejor para dárselo, pero nunca llegó, porque a pesar de ser un niño, la relación con su padre hacía tiempo que se había perdido.
El cenicero se quedó allí, enterrado en aquel armario. Nadie, ni siquiera Carlitos, volvió a reparar en él y cayó en el olvido como tantos otros desprecios que había recibido de su padre.
Se quedó allí hasta que la casa se quemó, con su padre dentro. Se había dormido con un cigarrillo encendido, dijo el policía que había investigado el caso. Habían pasado ya muchos años des de aquel día del padre, y mientras Carlos removía lo poco que el fuego había dejado sin quemar, encontró el cenicero. Estaba entero, aunque completamente ennegrecido por el humo, todavía se podían leer las letras con el nombre de su padre. A Carlos se le escapó una lágrima.
- Es curioso, pero no llegamos a cocerlo en clase. No nos dio tiempo. – dijo con una sonrisa amarga, mientras su novio lo abrazaba por detrás.
Yo no tengo hoy un cenicero de barro preparado, porque tampoco tengo padre al que regalárselo, al mío también se lo llevaron las llamas.
Quiero dedicar mi actualización a mi padre, porque él tampoco supo valorar todos y cada uno de los “ceniceros” que yo le llevé. A él y a todos los padres. A todos menos a uno, que a pesar de llevar el nombre con mayúscula (el Papa de Roma) es el que menos se lo merece, por lo irresponsable, inconsciente, frívolo y dañino de sus recientes declaraciones sobre el uso del preservativo en África.
Al resto, que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

lunes, 9 de febrero de 2009

Sobre las Ilusiones

Foto: Mis dos compañeras de trabajo en diciembre de 2004
Hace unos años, cuando se acababan las vacaciones, el día que tocaba volver al trabajo, bajaba ilusionado avenida abajo hasta llegar al despacho; porque sabía que allí, me encontraría a “mis niñas”, y que pasaríamos los siguientes días contándonos nuestras cosas, entre risas y anécdotas, y entre largos ratos de trabajo, como no, que para eso nos pagaban.
Por aquel entonces compartía despacho con tres chicas, una muy discreta y reservada de la que también guardo muy buenos recuerdos y con la que he trabajado muy a gusto, y las otras dos, las de la foto, más jóvenes que nosotros dos, con las que reíamos mucho y con las que he conseguido mantener una gran amistad.
Me gustaba llegar al trabajo, sentarme en mi silla y tenerlas ahí. En los momentos de descanso, escuchaban las anécdotas de mis vacaciones, mis aventurillas, y yo las suyas. Nos contábamos además nuestras alegrías y nuestras penas; y mientras tanto yo iba aprendiendo a trabajar en equipo con ellas. Aprendí a establecer criterios, a escuchar sugerencias de los demás, a que no me importara equivocarme, a corregir… Y a todo eso me enseñaron ellas, directa e indirectamente, y fuimos aprendiendo juntos. Y eso me llenaba de ilusión.
Pero las alegrías no duran para siempre. Llegaron momentos de reestructuración, primero dividieron el servicio en dos y luego nos separaron en edificios diferentes. Yo me quedé con Montse, la de la izquierda, y Laura se fue a un edificio nuevo. Nos dejó un vacío difícil de llenar para las excesivas horas que dedicamos a ganarnos el “pan nuestro de cada día”; pero fuera del trabajo lo intentamos rellenar, siempre que la vida nos deja.
Montse y yo seguimos trabajando en el mismo departamento, y con ella sigo aprendiendo más cosas, cada día y no solamente de trabajo. Ella me escucha, me entiende, sabe lo que decirme cuando necesito oír alguna palabra de apoyo, y sabe también cuando mantenerse al margen cuando no necesito nada de eso.
Hoy Montse ha sido mamá, ha traído al mundo un deseadísimo niño al que Loren su marido y ella han llamado Joaquín. Hasta ahora no lo habían decidido, porque ella es así, porque ellos son así, prefieren disfrutar de las cosas y tomarse su tiempo para las grandes decisiones. Y esta era muy importante, porque acompañará a Joaquín durante toda su vida.
A los dos - a Montse y a Loren - muchas felicidades, todo mi cariño, y mucha suerte para salir adelante en esta nueva y difícil etapa de su vida.
Y a todos vosotros, que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

sábado, 31 de enero de 2009

Conxo

Foto: Conxo, Dim, La triche, Nekobcn y las piernas de Eme, en una cena fotologuera. Terrassa, noviembre de 2008
De la calidad de tus fotomontajes no hablo, porque es indiscutible. Se ve a simple vista. En ellos a modo de broma dibujas parte de una sátira del día a día, de tu día a día; aunque “si me das a elegir, ay amor, me quedo contigo”, como dirían dando estopa aquellos chiquitos de Cornellà en su remasterizada versión de la canción de los Chichos. Y cuando digo que me quedo contigo, no quiero decir que te tomo el pelo, no, que el castellano es muy rico y muy puñetero, también. Digo que me quedo contigo, que te prefiero a ti, a tus trocitos de realidad, a esas historias que como la de Carol, duele tanto leer pero que me enganchan tanto, porque aunque te conozco menos de lo que quisiera para saber en qué grado son ciertas, te conozco lo suficiente para saber que traspiran realidad. ¡ Qué coño! “Transpiran” es demasiado suave. Sería mejor decir que sudan realidad. Son historias de lágrimas de dolor, pero también de lágrimas de alegría. ¿Y hay algo que le haga a uno ser más consciente de estar vivo que el dolor y la alegría? No. Por tanto tus historias están llenas de vida.
Hoy he leído la tercera parte, el final, de la historia de Carol, y cuando la he leído he tenido la necesidad de volverla a leer entera, desde el principio, a pesar de que ya la había leído.
Y cuando he acabado he tenido la necesidad también de dejarle un mensaje a su autor, a Conxo, o mejor dicho a Jorge, y me he puesto a escribirle, pero a medida que he ido escribiendo me he dado cuenta que tenía demasiadas cosas que decirle como para que se quedaran escondidas ahí, en un posteo discreto, y he pensado que hoy le dedicaría mi pequeño espacio.
No voy a decíos nada más sobre él, seguro que muchos ya lo conocéis incluso en persona, y lo seguís como yo, pero para los pocos que todavía no lo hacéis, empezad con esa historia, la de Carol.
La historia de Carol I
Nada más.
Y nada menos.
Gracias Conxo. Muchas gracias Jorge, por estos momentos tan preciosos y tan llenos de realidad.
Besotes, bonic.
Y al resto, que tengáis un buen fin de semana.
Entrellat

domingo, 18 de enero de 2009

Qué mejor regalo…

A pesar de que lo saludábamos cada día al pasar por la puerta, hacía meses que no habíamos ido al restaurante chino de Ju Li Ann (Julián). Así le llamábamos nosotros, en realidad no sabíamos su nombre. Sólo íbamos allí cuando la economía y las ganas de cocinar nos habían abandonado. Aquel día, cosa que no habían hecho nunca, nos trajeron de regalo unas galletas de la suerte. Abrí la mía y desenrollé el mensaje, al tiempo que me reía, pues eso de los mensajes en las galletas siempre me había parecido muy americano y bastante sucio. Mi mensaje decía literalmente: “tu felicidad empieza por M”. Fácil – pensé – mi felicidad es mi marido, mi artista favorito, mi gran héroe, mi Eme particular.
Y como si un titular de un diario me lo estuviera anunciando, me acordé que en unos días, o sea hoy, sería su cumpleaños. ¿Ostras, y qué le regalo? - Volví a pensar, y me dije – Ya está, una bola de esas de nieve con su nombre dentro, que tanto me gustan. Pero no, eso me gusta a mí. Sí, lo reconozco esa cosa tan hortera me gusta a mí.
Claro, ya lo tengo, le prepararé una cena especial, con un plato dedicado a él. Ay no… que eso lo tenemos previsto hacer en casa de Milita. ¿Y una noche de amor loca? No, tampoco, porque eso sería un regalo para los dos, y este quiero que sea sólo para él. Pensé también en comprarle un barco para navegar por el mundo con él, o hacerle un templo para adorarlo, pero se marea y la crisis había mermado mis fondos, así que tampoco.
Pensé en hacerme un rapado en el pelo, para que cuando me viera por detrás supiera lo que lo idolatro, pero luego me crecería el pelo, o se me acabaría cayendo del todo y adiós regalo. ¿Y un rito satánico y con la sangre de un pollo grabar lo que lo quiero en la pared? Uf… Un poco cutre, ¿no? Siiiiii, ya lo se, un tatoo, que diga “te quiero Manu”. Pero no, tampoco, que eso es para siempre, y nuestro secreto ha sido vivir siempre el día a día. Oleeee, sí, un babero bordadito, como hace él. No, tampoco, por eso, porque él lo hace muy bien, y además ya no me daría tiempo. Esto se está poniendo difícil…
Pues ya lo sé, un globo que se pasee por la ciudad felicitándole en su día. Pero no, tampoco, porque si lo vamos a celebrar por la noche no se vería. Y claro, lo de dibujarle en la arena de la palaya la felicitación, sería efímero, se borraría en seguida, y yo quiero algo especial, muy especial, como lo que siento por él cada día, cada mañana, cuando desayunamos juntos y me invade ese olor a vainilla del café y me veo reflejado en su mirada.
Estoy perdido. ¿A alguien se le ocurre algo?
Mientras lo pienso, a mi niño muchas felicidades, y al resto, que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
Fotos: Collages de fotos encontradas en internet, dedicadas a esa gran persona que es Manu. Terrassa, enero de 2009

jueves, 15 de enero de 2009

Batallitas

Después de mi última actualización, he pensado que lo mejor para hacerle un pequeño homenaje a mi antigua casa sería explicar algunas de las anécdotas que allí me han pasado.
Era viernes por la tarde, por aquel entonces se cubrían todas las tardes, pero no había casi nadie en el edificio, unas 8 o 10 personas. Hacía tan sólo una semana que trabajaba allí para substituir a una chica que acababa de ser madre, y ya me colocaron en la recepción, a recibir a la gente y derivarla hacia los diferentes departamentos que allí había.
La recepción estaba situada en la planta baja, en el hueco que dejaba la escalera que subía a las otras dos plantas, rodeada por dos pasillos que llevaban a los despachos del Centro de Asistencia Primaria en Salud Mental.
Curiosamente los viernes por la tarde no había nadie en ese servicio. Yo estaba solo en la recepción, leyendo, porque la centralita había sonado muy poco en lo que llevábamos de tarde. Se abrió la puerta que daba a la calle, y entraron dos mujeres, una de aproximadamente 1,75 m de altura, con obesidad mórbida, debía pesar más de 120 kg. Tendría unos 30 años. La otra era bajita, apenas sobrepasaba los 1,50, era muy delgada y aparentaba tener más de 70 años. La conversación fue así más o menos:
-Putaaaaa, puta, putaaaaaaa, puta, puta, puta, charnega, charnega, putaaaaaa, puta, puta, charnegaaaaa, putaaaaa, puuuta – decía la joven gritando a la más mayor.
-Hola, buenas tardes - dijo la señora mayor dirigiéndose a mí, mientras la joven seguía con el mismo discurso.
-Hoola - dije yo, con la cara a cuadros, sin saber cómo tomarme aquello, mientras pensaba “a mí, me ha tenido que tocar a mí”.
-Putaaaaa, puta, putaaaaa, charnega, charnega, putaaaaa – continuaba la joven.
-¿En qué puedo ayudarla? – pregunté yo todavía mirando con la cara descompuesta.
-Verá, querría hablar con el psiquiatra, para que le den una pastilla a mi hija – dijo la señora con toda naturalidad, pero un poco avergonzada.
-Ay la hostia – pensé yo – si es su hija.
-Es que el otro día vinimos, y el psiquiatra le dio una pastilla y ya no gritaba más – continuó la señora.
-Íiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii – empezó a gritar la hija sin parar, cambiando el “puta, charnega”, por un chillido que me dejó más sorprendido todavía, si cabe.
Yo no sé si fue por lo curioso del caso, o porque pensé que me estaban poniendo a prueba, o porque no sabía que decirle, o por lo nervioso que me estaba poniendo, que me entraron unas ganas de reírme que no podía aguantarme. A todo eso, los pocos trabajadores que había en la casa, ya habían salido de sus despachos y se habían puesto en los rellanos de los pisos superiores mirando desde arriba hacia el hueco de la escalera, donde estaba la recepción, como si un palco del Liceo se tratara, y yo no pude más.
-Un momento, por favor, que voy a mirar – le dije a la señora aguantándome la risa, saliendo de la recepción para entrar corriendo al lavabo. Allí me tranquilicé, solté un par de risillas entrecortadas, no fuera caso que me oyeran madre e hija, y volví a salir.
-No hay ningún psiquiatra hoy viernes por la tarde, pero si usted no puede esperar al lunes, puede ir a urgencias del Hospital que allí le atenderán muy amablemente.
-Y usted no tendrá ninguna pastilla por ahí – volvió a preguntar la señora mayor.
-No, lo siento, sólo los psiquiatras tienen acceso a la medicación- dije yo.
Después de darme las gracias, la madre y la hija, que ya había parado de chillar hacía unos segundos, salieron por la puerta, mientras yo me sentaba en la butaca de la recepción. En aquel momento pensé que tenía que cambiar de trabajo.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Yo, en la segunda fila y Eme en la cuarta, con algunas de las compañeras de trabajo en la escalera de al lado de la recepción. Foto 2: Unos cuantos compañeros en un fiesta “roja”. Terrassa, finales de los 80 principio de los 90

jueves, 8 de enero de 2009

… y miro el mundo como Petra

Hola, me llamo Petra y tengo dos años y medio, casi tres. Vivo en una manada con dos miembros más, dos machos. El macho alfa, el que manda más de los dos, debe ser el más grande, seguro que sí, porque tiene la voz más potente y parece más fuerte.
Estoy muy contenta de vivir aquí, porque los dos son muy buenos cazadores. A veces salen a cazar por separado, pero la mayoría de las veces salen juntos, y no os podéis imaginar la cantidad de cosas que traen dentro de unas bolsas. Traen carne, pescado, frutas, pero no sólo eso, además traen un montón de tonterías que deben encontrar por ahí, mientras van de caza, como detergente, unas latas con líquido dentro, lechugas. Y luego se las comen, que asco. Las lechugas, sí, se comen las lechugas, el detergente no. Bueno, ese no, pero traen otro que está asqueroso y con el que me lavan a mí los dientes. Que no sé para qué lo hacen si luego se vuelven a ensuciar cuando como. En fin.
A mí me traen unas bolsas enormes, con unas bolas de comida, que al principio me gustan, pero que luego me acaba cansando, siempre bolas, todos los días bolas, y sólo me ponen de esas bolas para comer, y ellos se ponen hasta el culo de comer de las otras cosas; claro, como las cazan ellos…
Lo que más me gusta, aparte de mirar como guardan lo que traen de la caza en unos muebles que hay en la cocina, es tumbarme a dormir encima de los dos, a veces encima del macho alfa y a veces encima del beta. Uf! Me encanta, porque siento su corazón y su respiración, y me relaja, y me pego unas sobadas…
Lo único malo que tienen es que son un poco tontos, los dos, porque a pesar de que son machos, no tienen sexo conmigo, ni siquiera cuando estoy en celo. Sólo lo tienen entre ellos. Que un poco raros sí que son.
Hoy el macho beta, el pequeño, está mirando la tele, y como se ha dejado el ordenador encendido, y veo que él se pone muchas veces a contaos cosas por aquí, pues me he dicho que os iba a contar yo un poco mi vida.
Que tengáis un día de perros; un buen día, vaya.
Petra
Foto 1: Yo (Petra). Foto 2: Yo, jugando con el macho alfa. Terrassa, octubre de 2008

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Felicitación ramesterazida

Foto: también remasterizada, la familia al completo. Prueba para la foto oficial de Navidad, que nunca se llegó a hacer. Terrassa, navidad de 2006.
Como no han cambiado muchas cosas, y el tiempo no me deja hacer mucho más, aprovecho para remasterizar el texto del año pasado:
“A pesar de que en estas fechas en las que todo se ha tergiversado, es cuando uno se da cuenta que no hace falta hacer nada en la vida para “triunfar”, que es suficiente casarse con un torero friky, divorciarse y ser todavía más friky para que la “prensa especializada” se preocupe por uno; a pesar de que lo que envuelve al amor y a los buenos sentimientos en estas fechas es una gran y carísima mentira que sólo interesa para vender más, igual que el día del padre o de la madre; a pesar de que la gente se emperra en adornar sus balcones como un puticlub de carretera, por no sé qué necesidad; a pesar de todo eso, digo, uno siente la necesidad de estar con los suyos, más que el resto del año, de ser mejor persona, de inflar los correos electrónicos y los teléfonos móviles de felicitaciones recibidas y reenviadas infinidad de veces y la mayoría de ocasiones con muy poco gusto.
A pesar de todo eso, me gusta sentarme y sentirme con mi familia y con todos los míos en estas fechas y compartir esa sensación de que estamos muy bien, para qué lo voy a negar. Y me gusta saber que formo parte de algo, de ese algo, y que tengo el apoyo de toda esta gente que camina conmigo, que viaja en esta complicada aventura que es la vida.
Felices fiestas viajeros, como no. “
Entrellat

sábado, 20 de diciembre de 2008

La confesión de González

Foto: González (a la derecha) y yo (a la izquierda) en la Escuela de Guerra Naval. Madrid, verano de 1986

Mis compañeros de viaje se habían quedado a descansar en nuestro hotel. Como yo no tenía sueño, decidí salir a pasear por el centro de Madrid, con mi cámara colgada al cuello. Poco me imaginaba entonces lo que daría de si aquel paseo, tanto que incluso me encontré con un viejo amigo, al que no había visto desde enero de 1987, cuando acabamos el Servicio Militar. Miento, en otra ocasión habíamos vuelto a coincidir, en Madrid también, justo un año después de aquel enero.

A pesar de los veinte años que hacía que no nos habíamos vuelto a ver, nada más cruzarme con su mirada, le reconocí. Su cara estaba exactamente igual, y llevaba el mismo corte de pelo que entonces: la ralla al lado y un discretísimo tupé, como un niño bueno. González siempre había sido muy discreto para todo. Su sonrisa era igual de tímida que entonces, sonreía como pidiéndole perdón al mundo. Iba vestido con tejanos, tal y como yo lo recordaba, y con un anorak negro con cremallera.

Él también me reconoció, a pesar de que yo sí que había cambiado, por no decir que esos veinte años habían dejado mucha más huella en mí, que en él.

- Hola, marinero – me dijo mientras se acercaba.

- ¡Holaaaaa, González! - dije yo, sin poder dejar de sonreír – ¡Qué coincidencia, qué casualidad, que alegría! ¿Pero cuanto tiempo hace que… 10 años? ¿15? – continué, sin poder parar de hablar, como intentando recuperar todo ese tiempo.

- Creo que más - dijo él.

- Bueno, cuéntame. ¿Cómo estás? ¿Estás solo? ¿Qué haces en Madrid, de vacaciones, de puente? – volví a preguntar.

- No. Bueno, sí. Estoy… Bueno, ya no vivo en Córdoba, vivo aquí, acabo de entrar en… - dijo cortando la conversación, con aquella media sonrisa que tenía a veces.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? – le pregunté.

- Sí, sólo que… Me da vergüenza decírtelo.

- Pero hombre, por Dios, si hace muchísimo tiempo que no nos vemos y ya no somos niños – dije para quitarle hierro al asunto.

- Pues nada, eso, que no estoy de viaje, que vivo aquí desde hace unos meses. He entrado en el seminario – dijo mirando hacia el suelo.

- ¿En el seminario? ¿En qué seminario? – dije medio desconcertado.

- Pues eso, que quiero ser Sacerdote.

- Qué me dices, pero si tú no… antes no… - dije sin poder acabar la frase.

- Mira, cosas que pasan.

Seguíamos en medio de la calle Preciados, pero ahora mi sonrisa se había vuelto preocupación. La verdad es que no recuerdo cómo acabó la conversación, ni siquiera sé si nos dimos los teléfonos para no perder el contacto. Me hizo una ilusión tremenda encontrármelo de nuevo, pero aquella confesión me desconcertó mucho. No podía entender cómo aquel chico tan divertido, tan lleno de vida, con el que había pasado las largas tardes de verano de finales de los ochenta, era ahora una persona triste y llena de dolor. Me hubiera gustado ir a tomar un café o un chocolate con él por allí, preguntarle más cosas, intentar ayudarlo, o contarle cómo me había tratado la vida. Tantas cosas… pero por desgracia mi sueño acabó ahí. Supongo que aquel sueño que tuve en Madrid, como lo había sido el de Jose, hacía poco más de seis meses era un resto diurno, o tal vez un tema pendiente, y aprovechó mi estancia en Madrid para volver de mi subconsciente. Ojalá sea la premonición de algún reencuentro.

Que tengáis un buen día, viajeros.

Entrellat

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cosas en común

A veces hay gente con la que nada parece unirte, y con la que crees que jamás llegarás a nada, hasta que la vida te da en las narices y te demuestra que estás equivocado. No sabría decir en qué momento Ene pasó de ser una compañera de la Escuela de Idiomas, a ser una de las personas con la que tengo más cosas en común.
Hoy Ene es una de mis mejores amigas, y una de las personas que más quiero. Es mi socia en SAMAFURU, una “empresa” que hemos empezados juntos con muchísimo cariño. Es tal vez una de las personas que mejor me entiende y me conoce, y con la que hemos pasado juntos TAMBIÉN momentos bastante duros. Pero si hiciera un corto con los mejores momentos de mi vida, ella saldría en la mayoría de las escenas; como la comida que hicimos en su casa este fin de semana, con su marido, con el mío, con Marie y su novio, y con dos amigas Yoyo y Ana, con las que también hemos vivido muchos momentos divertidos.
Jota, su marido, nos preparó la comida, un sancocho dominicano que estaba riquísimo, pero que nos dejó caos a casi todos. Durante esa comida como siempre que nos reunimos, nos reímos mucho. También bebimos como cosacos y comimos como si lo que hubiera en los platos fuera la última comida que hubiera sobre la tierra. Tanto fue así, que tuvimos que salir a pasear para bajar ese contundente plato. Aunque todo hay que decirlo, hubo gente que se llevó un “taper” con un poquito de sancocho.
Durante el paseo, mientras iba con Yoyo agarrados del brazo, justo antes de encontrar el cartel que colgué en la anterior actualización, miré a los otros que caminaban por delante de nosotros, charrando, riendo, paseando sin prisa y sin ninguna complicación, y recordé el momento de la comida, con las risas, las conversaciones cruzadas, el sonido de las cucharas en los platos, y del vino cayendo en las copas, y aunque empezaba a sentir un incipiente dolor de cabeza, volví a pensar que Snoopy tenía razón cuando decía que “la felicidad es un plato de patatas fritas”; bueno, de sancocho en este caso. Y así es, en cualquier momento uno puede sentirse feliz, basta con pararse a mirar, a contemplar la felicidad en la cara de los otros.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Ene en una fiesta en febrero de 2008. Foto 2: Ana, Julio y yo en la comida del Sancocho, este domingo

lunes, 6 de octubre de 2008

Con mi bata a rayas

Foto: La clase de los Salesianos, con Sor Carmen. Terrassa, septiembre de 1970
Todos los días, antes de entrar a clase, jugábamos por el patio, las niñas con sus batas de Vichy color rosa y los niños con las batas a rayas azul marino y blancas. Había más batas rosas, porque los niños y las niñas estaban separados en colegios diferentes, aunque en el colegio destinado a las niñas también tenían cabida los niños de parvulitos, lo que ahora llamaríamos P-4 y P-5. Así pues, yo con mis cuatro años llegaba al colegio de la mano de mi hermana de seis, entraba al patio trasero y jugaba con mis compañeros, hasta que sonaba el timbre. Entonces teníamos que acudir a nuestras filas, formar, y entrar en las clases; pero cuando sonaba el timbre, antes de hacer todo eso, yo corría a buscar a mi hermana que ya se había puesto en su fila, le daba un beso y me iba hacia la mía.
Un día estaba lloviendo mucho y no nos dejaron jugar en el patio. Nos metieron en el corredor que daba acceso a todas las aulas y cuando sonó el timbre, no hubo filas, no formamos, los niños fueron entrando directamente en sus aulas. Como cada día, antes de entrar a clase busqué a mi hermana, pero no la encontré, todos los niños habían entrado en las suyas, y mi hermana también. Así que me quedé solo en el pasillo, llorando desconsolado por no haber podido darle el beso de despedida. Sor Carmen, mi profesora, mi monja, se acercó a mí, me puso las manos en la cara y me preguntó por qué lloraba. Todavía recuerdo aquel olor a jabón Heno de pravia en sus manos. Le expliqué que no había podido darle el beso a mi hermana. Me dedicó una sonrisa, me cogió de la mano y me dijo: vamos a buscarla.
Entramos en una clase y Sor Carmen preguntó si alguna de las niñas era mi hermana, y ninguna contestó. Me dijo si mi hermana estaba allí, le respondí que no, todavía con los ojos llenos de lágrimas. En la segunda clase la encontramos. Sor Carmen me hizo un gesto con la cabeza, y yo me dirigí a mi hermana. Me miró como si no entendiera lo que estaba pasando. Me acerqué y le di el beso de todos los días, y ella me dijo: “déjame, déjame”, muerta de vergüenza, pero a mí no me importó, yo ya le había dado el beso. Volví hacia la puerta, me cogí de la mano de Sor Carmen y nos dirigimos hacia nuestra clase.
Hoy, que ya hace casi un mes que los niños han vuelto a las clases, con las mismas batas de rayas de entonces, me ha venido a la memoria esta historia de cuando yo era pequeño, que pasó en los pasillos de ese colegio donde está hecha la foto, y he pensado que os la tenía que contar.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

martes, 30 de septiembre de 2008

Paisaje en gris oscuro, casi negro

Foto: Eme mirando al Sena. París, mayo de 2007
La ventana había dado ya tres golpes, a causa del ligero viento que atravesaba el estudio, así que por miedo a que se rompiera, me levanté para cerrarla. Había dejado de mirar a la pantalla del ordenador, guardado el archivo en que estaba trabajando, aunque sabía que si caía la electricidad, no pasaría absolutamente nada, porque llevaba más de media hora sin escribir una sola palabra, mirando a la pantalla como hipnotizado. Cuando me disponía a cerrarla miré hacia el puente. Me gustaba ver el efecto que hacían las luces sobre la piedra, sobre todo a aquella hora en que la noche aún no había caído del todo, y el azul del cielo tan sólo se había transformado en gris oscuro, y todavía faltaban unos minutos para que el negro profundo lo cubriera todo.
Allí estaba él, con su chaqueta blanca, apoyado en el muro. Parecía triste, como cansado, como si estuviera reflexionando algo importante. Empecé a imaginar cual era su historia y mi cabeza empezó a dar vueltas. Pensé que podría ser un buen personaje para mi novela, que llevaba parada tres meses, porque nada de lo que escribía llenaba mis cada vez menos exigentes expectativas.
Un amante abandonado por su novia, dos días antes de la boda – pensé. Noooo. Fácil, muy fácil. ¿Y si estuviera esperándola allí, para decirle algo, que la deja dos días antes de casarse? – seguí pensando. No, tampoco, fácil también.
Al cabo de unos segundos, mientras seguía inventando su historia, otro hombre se acercó a él, le pasó la mano por la cintura mientras le enseñaba en su cámara una foto que le había hecho. No estaba triste, tan sólo posaba para él. La miraron juntos, interesados, y luego el chico de la chaqueta blanca sonrió cariñosamente y le dio un beso en los labios, un beso apasionado y siguieron caminando. Un poco más adelante, dos chicas los estaban esperando.
Un grupo de amigos que visitan París – acabé concluyendo. Tampoco me sirve para mi novela. Pero parecían felices, a lo mejor tendría que escribir sobre cosas alegres y dejar de escribir novela negra, por un tiempo.
Cerré la ventana, volví al ordenador, abrí un archivo nuevo y empecé a escribir:
“Paisaje en gris oscuro, casi negro
La ventana había dado ya tres golpes, a causa del ligero viento que atravesaba el estudio …”
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
PS: En enero pasado hizo 20 años que Eme y yo estamos juntos, pero ayer fue un día muy especial, hizo un año que nos casamos. Como no pude actualizar porque estuvimos celebrándolo y autoregalándonos una escapada a Lanzarote, para la semana que viene, hoy le dedico esta historia, a él y a todos los que estuvieron con nosotros aquel 29 de septiembre, uno de los días más felices de nuestras vidas.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Ensayo general

Ayer, en un momento previo al ensayo general.
La bestia está dando los últimos coletazos. El montaje ha llegando a su fin, mejor dicho al fin de la preparación y al principio de las representaciones. Ayer ensayo general y grabación en video; hoy descanso para que repose el “guisado”, y el sábado y el domingo las representaciones.
Me gusta ver, escuchar y sentir a mis compañeros, ver dónde han llegado, ver cómo han mejorado con los años, ver lo bien que quedan algunos en los lugares que antes ocupaban otros. También me gusta ser público dentro del espectáculo, y durante los ensayos lucho por disfrutar mientras recibo todo eso, y por dar lo mismo para que el resto disfrute también. Me dejo llevar con los nuevos paisajes que aparecen con las relecturas de cualquier texto literario, y éste, a pesar de haber pasado 10 años, sigue ilusionándome, sigue abriendo un balcón por el que pasan nuevos personajes, y al que acuden algunos ya antiguos, y me gusta saludarlos a todos, porque todos tienen algo nuevo que decir.
Me gustan los ensayos, por todo eso, y porque es el momento en que me siento más libre, en el que me puedo permitir el lujo de equivocarme, de arriesgar y probar para conseguir cosas nuevas, en el que no existe la presión del público, pero mentiría si no dijera que lo que espero con ansia son las representaciones, el momento de enseñar lo que hemos conseguido con el esfuerzo de tanto tiempo, ¿qué sentido tiene, si no?
En este caso, hemos vuelto a hacer el “guisado” de nuevo. No era plan de sacarlo del congelador después de 10 años y servirlo tal cual. Pero eso sí, la receta ha sido la misma, y está probada. Sé que funciona, lo sé, lo siento así.
Ya sólo queda que lleguen los invitados al banquete ¿Te animas?
Más información en la web del Ajuntament de Rubí.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

jueves, 31 de julio de 2008

Un mundo feliz

Foto: Tumba en un cementerio de Berlín. Octubre de 2005
Mi prima Carlota, que es muy observadora, decía que si un extraterrestre mirara cualquier álbum de fotos nuestro, diría que nuestras vidas son plenamente felices, porque en casi todas las fotos salimos sonriendo, o en algún momento feliz de nuestra vida. Es cierto, nadie hace fotos de momentos tristes de su vida. A nadie se le ocurre sacar una cámara de fotos en un entierro mientras habla uno de los familiares del difunto, a no ser que seas un famoso y el que saque la cámara sea un paparazzi; a nadie se le ocurre sacar la cámara en un hospital, cuando vamos a visitar a un amigo que ha tenido un accidente de coche, o cuando se está muriendo de cáncer.
¿Por qué se considera de mal gusto retratar el dolor, y no así la alegría?
No me considero una persona morbosa, no considero que tenga un interés malsano por cosas desagradables, pero sí me interesan todos los aspectos de la vida, como creo haber dicho alguna vez, incluida la muerte, y por eso suelo visitar algunas veces cementerios cuando viajo, y me suelo fijar en cómo organizan en cada sitio el casi ignorado tema de la muerte.
Hace unos años, cuando visité Berlín, me llamó la atención un cementerio judío cristiano, y no porque estuvieran mezcladas las tumbas, aquí también lo están, si no porque había algunas tumbas que eran un dechado de dedicación. Algunas eran como pequeños jardines llenos de detalles, y en las cuales se podía intuir un enorme amor por las personas que lo habían hecho. En la foto podéis ver un ejemplo.
Esta mañana he ido al entierro de la hermana de uno de mis mejores amigos. A la difunta la conocía desde hace muchos años, antes de que se casara, antes de que tuviera a sus dos hijos, y por supuesto antes de que esta terrible enfermedad se la llevara. Hoy, saltándome el orden que hubiera tocado, no acabaré mi historia de Abber, porque quiero dedicarle mi actualización a ella, a mi amigo, a su familia y a todos aquellos que sufren la pérdida injusta y a destiempo de un ser querido.
Si la vida os lo permite, que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat

miércoles, 18 de junio de 2008

Balcón Abierto

Foto: Eme y yo en un momento de la representación. Rubí, junio de 1998
Cuando empezó a sonar el piano, la piel se me erizó, y sentí como si la vida me hubiera llevado 10 años atrás, como si esas notas, acompañadas de la viola, hubieran sido la llave que encendía la máquina que viajaba a través del tiempo; y me vino a la pituitaria el olor a Carolina Herrera de la Bailaora, y el refriegue de sus enaguas mientras pasaba por nuestro lado, y el pellizco en el estómago justo antes de empezar a recitar los poemas de Federico. Y luego, mirando las caras de mis compañeros, me di cuenta que no era a mí sólo al que los recuerdos y los sentimientos habían hecho viajar hacia el pasado.
El sábado empezamos los ensayos para reponer un montaje teatral que estrenamos hace 10 años, sobre textos de Lorca, con una soprano, una pianista, una violista, 4 rapsodas y una bailarina. Mientras el piano y la viola nos introducían en el universo lorquiano, en el ambiente de la Granada de aquella época, pero sobre todo en el ambiente que se creó cuando hicimos ese montaje, fui mirando a los componentes del grupo, con curiosidad, y asumí que había habido algunos cambios desde entonces. Uno, al que decidimos dedicarle la reposición del montaje, ya no está entre nosotros, un cáncer se lo llevó de nuestro lado, y otros ya no están, porque tal vez no debieron estar nunca. Me pareció curioso, porque todos los que ahora estaban en este ensayo en uno u otro grado son amigos míos, y me planteé cómo había llegado yo hasta allí...
Si en la representación que daba por acabada mi licenciatura de interpretación, aquellas dos chicas que ahora también están en este montaje no hubieran reparado en mí, nada de esto estaría pasando, y hoy no estaría escribiendo estas líneas. Aquella decisión suya de escogerme para nuestro primer montaje profesional, suyo y mío, y mi osadía de aceptarlo, nos ha llevado a años de trabajos en común, a ilusiones vividas en conjunto y también a decepciones, por qué no decirlo, que nos han servido para mejorar. Han ido pasando por nuestra re-cámara muchos actores, músicos, cantantes, escultores, pintores y artistas, en general; algunos han ido convirtiéndose en amigos, otros ya lo eran, y algunos otros no lo llegaron a ser, por diversos motivos.
Con este pequeño viaje en el tiempo, me ha vuelto a venir a la cabeza la trascendencia de las pequeñas decisiones que tomamos en la vida. Tal vez si no hubiera aceptado aquel primer papel, hoy no seguiría haciendo teatro en esta pequeña compañía, tal vez me hubiera dedicado a la interpretación exclusivamente, y hoy sería un reconocido y famosísimo actor, o quien sabe si tal vez lo hubiera dejado definitivamente. Lo que es seguro es que toda esa gente maravillosa, no formarían parte de mi pequeño universo, y que Lorca se hubiera perdido un grupo de admiradores, que ahora se vuelven a asomar juntos y llenos de ilusión, como hace 10 años, a ese “balcón abierto (1)”.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
(1) Balcón Abierto es el título de un poema de Lorca que da título al espectáculo.

lunes, 19 de mayo de 2008

Con agujetas en el corazón

Foto: Momentazo del numerito gay del encuentro de antiguos alumnos de BUP. Terrassa, mayo de 2008
Llegué con dos de mis mejores amigos, un amigo y una amiga, que también habían sido compañeros de clase, y por tanto tenían la misma categoría que yo: antiguos alumnos del Instituto de Bachillerato. La cena se celebraba a las 9:30 de la noche en un salón para banquetes, pero a las 7:30 algunos ya habían quedado en primera convocatoria para hacer botellón en el Instituto. Yo ahí no había querido ir para no acabar borracho como una cuba, que yo me conozco, que tengo “mu mala bebía”.
Reconozco que si bien mi ilusión era grande, mis expectativas eran bastante malas, estaba entre la desconfianza de no saber qué me encontraría y del miedo a que aquella gente que no veía desde la adolescencia, con apenas 15 o 16 años, no tuvieran nada que ver conmigo ni con mis recuerdos.
Pero nada más lejos de la realidad, nada más llegar empecé a encontrar caras conocidas, sonrisas de oreja a oreja, abrazos de amigos, como si hubiéramos vuelto de un largo viaje, y esos apretones sirvieran para salvar la distancia que el tiempo y la vida nos había obligado a mantener. Nos explicábamos anécdotas de momentos compartidos, algunos que había olvidado por completo, y que al recordarlos fueron como volver a vivirlos.
Nos recibieron con regalos; una botella de rioja, con una etiqueta conmemorativa; un DVD con fotos de la época que habían ido recopilando, y como si de un congreso se tratara, nos colgaron una tarjeta identificativa en la solapa, con una foto de entonces y nuestro nombre, también el de entonces. Sí, porque a muchos los conocíamos por el apellido, o por su nombre en diminutivo, o por algún sobrenombre, o porque algunos habían hecho más mayor su nombre, de Paqui a Francesca, por ejemplo. A algunos si no hubiera sido por esa tarjeta no los hubiera reconocido. Sobretodo a algunas que habían cambiado la talla de su sostén y que estaban mejor ahora que hace 25 años.
La fiesta transcurrió más o menos normal, en un restaurante, como si de una boda se tratara, mesas redondas de unas 10 personas, un pica-pica, luego la comida y los postres; pero lo mejor empezó a partir de ahí. La gente se levantó de las mesas y se empezó a relacionar. Corría un micro que permitía que la gente contara anécdotas, y dejara claro que el buen rollito había empezado a sembrarse como moneda de cambio. Luego se pasó el DVD que nos habían obsequiado y a partir de aquí empezó música y a bailar; hasta que nos echaron del local, y hubo que buscar otro para los más gamberros, que seguíamos siendo los mismos, aunque esta vez con sorpresas, pues la mayoría se apuntó a continuar con la fiesta, en una discoteca de la época que había pasado a llamarse de 50 maneras diferentes, y que curiosamente ahora había vuelto a tener el mismo nombre de entonces.
Anécdotas, mil; risas, cariño, y hasta morbazo: un numerito gay en la discoteca. Dos de los más machotes de la clase se subieron al podio de la discoteca y nos regalaron un momentazo en el que se fueron quitando la ropa el uno al otro y se quedaron en pantalones, eso sí. Ahí tenéis una foto del momento. Estuvieron muy bien.
Yo ligué, pero desgraciadamente, sólo con chicas, entonces sólo gustaba a las chicas, igual que ahora. Una chica con la que casi no había tenido relación entonces, me tocó el culo, y dijo: “joder, qué durito”. Y se pasó todo el rato trayendo tías para que me tocaran el culo. El alcohol, que desinhibe.
Lo mejor de todo, a parte del momentazo gay, fue el buen rollo que hubo, la sensación de volver a tener 15 años, como si nada hubiera pasado, y sobre todo, lo mejor, que la gente no juzgaba a nadie, ni se preocupaba de si tal estaba calvo, o de si tal otra había engordado considerablemente, o de si tal otra se había puesto tetas, bueno, yo sí que me fijé. JAJAJA. Habíamos superado todas esas tonterías de la adolescencia y teníamos ganas de reírnos, pero no de los demás, de nosotros mismos. Y como siempre que se ríe uno mucho, acabé con agujetas, pero esta vez también en el corazón.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat

domingo, 4 de mayo de 2008

Como a nadie le importa

Foto: Jose en casa de sus padres, en Madrid, aproximadamente el 1987
Hacía tan sólo un par de minutos que la lista de los 20 preseleccionados para el viaje a Nueva York había salido por la parte inferior de la pantalla de la televisión, cuando sonó el teléfono. Lo cogí. Estaba nervioso, pensando que sería del concurso al que acababa de llamar. Primero no dijo nada. Silencio. Y luego sólo dijo: “felicidades, preseleccionado”. No lo había reconocido, hacía más de 20 años que no oía su voz.
Era la noche de fin de año y había ido con Eme a Madrid, a cumplir uno de mis caprichos: tomar las doce uvas en la Puerta del Sol, mientras sonaba la canción de Mecano. En el hotel de la Plaza del Carmen, entre la Gran Vía y la Puerta del Sol, Eme se duchaba mientras yo miraba la tele y hablaba con Jose por teléfono.
-¿Y qué haces en Madrid? – preguntó él.
-Pues aquí, que voy a ir a ver las campanadas a la Puerta del Sol.
-¡Vaya turistada! ¿Y por qué no me has avisado que venías?
-No sé, hemos llegado hace un rato, y estamos cansados – dije desconcertado. No se me ocurría otra excusa - ¿Has ido alguna vez? – le pregunté para romper el silencio que se había vuelto a crear.
-No, claro que no - dijo él.
-¿Y por qué no te vienes con nosotros? - le dije yo.
-Ya sabes que no puedo, pero tú sí que puedes venir a verme. ¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no viniste a verme entonces?
-No sé, sentí miedo. El día aquel, cuando sonó el teléfono dos veces y no llegué a cogerlo, sentí como un escalofrío, y llamé a tu casa para preguntar por ti, y tu madre me dijo que habías muerto hacía dos semanas. ¿No te han dicho nada? – me dijo la mujer casi llorando. Y colgué, mientras le decía lo siento, lo siento, lo siento, sin parar de llorar. Me sentía avergonzado y triste. Y ya no volví a llamar, nunca más.
-Te quiero Jose- le dije, como pidiendo perdón.
-Yo también, no te preocupes. “Oyes. Ya sabes, como a nadie le importa” – dijo él utilizando una frase de una amiga suya, que había generado muchas risas entre nosotros.
Mientras hablaba con Jose, sentí como si mis palabras hubieran estado preparadas desde hacía tiempo, aunque sólo ahora podían ser dichas, y sentí que nuestra conversación discurría de una manera natural y llena de cariño, sin reproches, como siempre había sido nuestra amistad.
-Despierta, te toca ducha – dijo Eme, mientras me daba un beso suave en los labios- Te estabas riendo, ¿qué estabas soñando?
-No sé, perdona, me he quedado dormido.
-Sí, ya veo, y casi tiras el teléfono al suelo.
-Luego te cuento - dije todavía atontado, sin poder articular apenas una palabra.
-Nueva York… ¿A quién le tocarán esos viajes?- dijo Eme, incrédulo mientras miraba el televisor, que se había quedado encendido.
Su comentario me hizo despertar de golpe y miré la lista de los ganadores que pasaba de un lado a otro de la parte inferior de la pantalla, pero el mío no estaba.
- Yo creo que es mentira, que no le tocan a nadie, que los nombres que ponen ahí abajo son inventados. Venga… dúchate, que nos van a dar las campanadas – dijo mientras guardaba mi teléfono en la funda, y me ayudaba a levantarme de la cama.
Hoy me he despertado a las 6 de la mañana, y estaba soñando que hablaba con un amigo de Madrid, que murió hace muchos años, y como no he podido volverme a dormir, como no he querido volverme a dormir, le dedico mi sueño y mi actualización de hoy.
Y a todos vosotros, que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat

miércoles, 16 de abril de 2008

Ella, su hermano y el chulazo americano

Foto: Eme y su hermana en una terraza de una callejuela de Roma. Junio de 2007
Ella: A Teresa, así la llaman sus hermanos bromeando, comparándola con Teresa de Calcuta por lo buena que es, siempre me la he imaginado con una toga blanca, una venda en los ojos y una balanza en la mano, porque es la viva imagen de la justicia. Y aunque seguramente no sea así, esa es la imagen que yo tengo de ella, porque cada vez que hay un problema en la familia, que los hay como en todas, la visión que ella tiene, o la solución que ella propone siempre me parece la más justa, o la que más puede ayudar a solucionar el problema.
En junio del año pasado, estuvimos en Italia celebrando su 25 aniversario de bodas, ella, su marido y Eme, que aun no era mi marido. Allí descubrí una vez más que su sensibilidad es muy parecida a la de Eme, que es capaz de pararse ante un músico callejero y emocionarse, mientras escucha una pieza de flauta; o de disfrutar sin más de un descanso, sentada a los pies de un pozo, sin hacer nada, charlando y viendo como la gente pasea, o como suben y bajan del trageto; o cómo es capaz de desternillarse, con esa risa escandalosa que Eme también tiene, mientras nos tomamos una gigantesca cerveza en una callejuela de Roma. Así es Teresa: justa y sencilla, y supongo que por eso me gusta tanto y la quiero.
Su hermano: De Eme ya os he hablado algunas veces, seguro que ya sabréis que es mi compañero de fatigas, mi pasado, mi presente y mi proyecto de vida. Yo, que me siento bien pagado de la vida por tener todo lo que tengo, especialmente mi familia, y mis amigos. Sólo le pido que me deje seguir con Eme y celebrar nosotros también, si el reuma nos lo permite, nuestro 25 aniversario en Venecia, y sentarnos en los pies de aquel pozo, a mirar la gente pasar; o en Roma, si la artrosis nos deja caminar todavía por las callejuelas del Trastevere; o en cualquier rincón donde poder mirar hacia atrás y dejar que esa carcajada que ahí tenían Teresa y Eme, se transforme en una sonrisa llena de ternura y gratitud.
¿Y el chulazo americano? Pues ahí estaba, entre los dos. Mientras Eme y su hermana se hacían cariñitos, aproveché para atraparlo con el objetivo de la cámara, con la excusa de hacerles una foto a ellos, y a pesar que los tres hicimos el numerito para disimular y conseguir otra foto para mi colección de momentos robados, creo que se dio cuenta. Ahora, cuando miro la foto, me doy cuenta que son Eme y su hermana los que están enfocados, como si la cámara llena de sabiduría se empeñara en decirme que lo que vale realmente la pena, es lo que está enfocado, que el resto, es sólo un bonito fondo para adornar un momento feliz, y una anécdota para contar.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
PS: Perdón, perdón, perdón, que hoy quería que la temática del flog fuera ORIENTE, en honor a /Iccarin, pero no ha podido ser…. Ah! si, calla, que no me había fijado… que la camiseta del chulazo americano está hecha en china, así que va por ti Iccarin.

sábado, 12 de abril de 2008

El chico de la mirada dulce II

Foto: Claudio. Lima (Perú), noviembre de 2007
Todavía no hace un mes que salió de Perú, camino de Bangkok, donde consiguió un empleo que le mantendrá ocupado durante unos meses, y que le servirá, pasado este tiempo, para volver a Sudamérica, pero esta vez a otro destino, seguramente Buenos Aires, un destino mucho mejor que Lima, según Claudio; un destino, que le servirá, dice, para volver a empezar.
Se marchó porque no le gustaba demasiado su país, ni su ciudad, ni su gente, porque no se entendía con su familia, porque su empleo había dejado de parecerle interesante, porque en Lima es imposible que un gay pueda vivir en pareja, como lo hacemos aquí.
A veces me he preguntado si realmente se gusta a si mismo. No logro entender cómo una persona que en comparación con la gente que le rodeaba tendría que sentirse afortunado y feliz, no lo es. ¿No debería sentirse feliz siendo licenciado en derecho en un país donde la mayoría de la población casi no tiene acceso a la educación? ¿No debería sentirse feliz teniendo un empleo que le permite tener un apartamento en uno de los barrios más exclusivos por la ciudad? ¡Qué tontería acabo de decir! No, por supuesto que no. Es como reducir la vida, y lo que nos hace feliz a algo tan sencillo como eso. Hay muchas otras cosas más importantes y más complejas en la vida que todo eso, y seguro que Claudio las andaba buscando.
Un día empezó a contarme una historia, su historia. La historia se remontaba incluso a antes de que él naciera. Me dijo que necesitaba dos o tres días para contármela, y que cuando la conociera entera sabría por qué quería marcharse de Lima. Quería que la escribiera para él, que la novelara, que le diera forma a su historia, esa era su ilusión. Y yo le dije que lo intentaría, que me encantaría probarlo, pero que creía que estaba poniendo demasiadas expectativas en mis posibilidades.
A parte de tener una mirada dulce, Claudio es un chico guapo, cariñoso, inteligente e inquieto, que se pasa la vida huyendo, todavía no sé de qué, o tal vez sólo buscando la felicidad, el problema es que aún no ha aprendido que la felicidad no la podrá encontrar nunca fuera, por mucho que viaje, por mucho que huya, que tiene que buscarla en su interior. Cuando sepa eso, ya podrá ser feliz en Bangkok, en Buenos Aires o incluso en Lima.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
PS: Gracias a Albert, por haber entendido la mirada de Claudio y reflejarlo en los retoques de la foto.

jueves, 3 de abril de 2008

El chico de la mirada dulce I

Foto: Un restaurante de Lima (Perú), noviembre de 2007
Cuando hice las otras actualizaciones sobre la gente de Perú, hablé de las personas de ese país en general, y aun sabiendo que igual que aquí había una historia detrás de cada una de aquellas personas, fui reduciéndolas a grupos sociales o étnicos. Sin embargo, hubo para nosotros una persona muy especial en aquel viaje, que aun estando también dentro de otro grupo social, la pequeña burguesía limeña, se merece una actualización a parte: el chico de la mirada dulce.
A Claudio, así llamaremos al chico de la mirada dulce, le conocimos el último día de estancia en el país. Se acercó a nosotros con toda la naturalidad del mundo, supongo que atraído por ese nosequé que tienen los turistas, que les hace más interesantes a los lugareños de algunos países.
Empezamos a hablar sobre lo que hacíamos en el país, sobre lo que habíamos visto y lo que todavía nos quedaba por ver. Enseguida se creó un clima de naturalidad y confianza, como si hiciera siglos que nos conocíamos. Después de pasar una tarde agradable, cuando ya se había oscurecido, nos ofreció ir a cenar juntos y enseñarnos la zona de marcha de la ciudad. Al ser nuestra última noche y no tener nada mejor que hacer, aceptamos.
Primero pasamos por su casa, para que se cambiara de ropa. Vivía en el barrio de Miraflores, uno de los barrios más exclusivos de Lima, relativamente cerca de donde estaba nuestro hotel. El edificio donde vivía y la zona en la que se hallaba dejaban claro que su nivel económico era mucho más alto que el de la mayoría de los peruanos que nos habíamos ido encontrando por el resto del país. Luego nos contó que era abogado, y que trabajaba en temas de Derechos Humanos.
Durante la cena en un lugar elegido por él, de los que aquí llamaríamos un excelente restaurante, seguimos hablando, pero ya de temas mucho más íntimos: de su familia, de lo mal que estaba Perú en temas sociales, de lo cerrada que era la sociedad, incluso en Lima, y de lo difícil que era ser gay en aquel país. Al acabar la cena, nos llevó a conocer Barranco, un precioso barrio donde había muchos locales de marcha, pero no entramos en ninguno, sino que seguimos caminando tranquilamente para disfrutar de la suave noche y bajar la copiosa cena que nos habían ofrecido en el espectacular restaurante.
Después de un agradabilísimo día y de una entrañable noche, intercambiamos nuestras direcciones de correo electrónico, para seguir en contacto, y mientras se marchaba volvió a regalarnos esa mirada dulce y esos ojos brillantes, que me habían encantado nada más verlo.
Al día siguiente después de un montón de horas de avión, regresábamos a casa, y todavía no recuperado del jet lag, añadí su dirección en el Messenger. Aquel mismo día coincidimos, y desde entonces hemos ido hablando cada vez que hemos coincidido, que ha sido bastante a menudo, y nos hemos ido contando nuestras cosas, porque a pesar de conocernos sólo de un día, se creó entre nosotros una gran complicidad, aunque pueda parecer raro.
Actualmente ya no está en Perú, pero ya eso es otra historia, que os contaré en la próxima actualización y posiblemente os ponga una foto suya.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat