Foto: Paquita en el puerto de Barcelona, a finales de los años 60
Foto: Paquita en el puerto de Barcelona, a finales de los años 60
Carlitos miraba con ilusión el paquete que envolvía aquello en lo que había estado trabajando durante muchos días en clase. Primero lo moldeó con sus manos, aunque bajo la supervisión de la “señorita”, lo cual había proporcionado calidad al trabajo y un cierto picor en la cabeza de Carlitos, cuando recibía algún que otro coscorrón, si la señorita lo sorprendía mirando al infinito, despistado. Luego lo había dejado secar en una estantería junto a la ventana, pintándolo después, y haciéndole un envoltorio digno de aquel día. Aquella tarde había llegado a casa después de salir del colegio sin entretenerse a jugar, corriendo, pero con cuidado de no darle golpes a la cartera para no estropear el regalo. Lo colocó encima de la mesa del comedor, buscando el sitio adecuado para que fuera visto nada más entrar. Lo había cambiado ya tres veces mientras esperaba con alegría la llegada a casa de su padre, para hacerle entrega del magnífico cenicero de barro con su nombre pintado en rojo. Cuando llegó, su padre ni se dio cuenta de que en la mesa había un paquete para él. Se sentó en el sofá, encendió un cigarrillo, y lo único que dijo fue “¿dónde está el cenicero, tengo que tirar la ceniza al suelo? Con mucha pena Carlitos recogió su paquete de la mesa y lo guardó en el armario del mueble del salón, esperando un momento mejor para dárselo, pero nunca llegó, porque a pesar de ser un niño, la relación con su padre hacía tiempo que se había perdido. El cenicero se quedó allí, enterrado en aquel armario. Nadie, ni siquiera Carlitos, volvió a reparar en él y cayó en el olvido como tantos otros desprecios que había recibido de su padre. Se quedó allí hasta que la casa se quemó, con su padre dentro. Se había dormido con un cigarrillo encendido, dijo el policía que había investigado el caso. Habían pasado ya muchos años des de aquel día del padre, y mientras Carlos removía lo poco que el fuego había dejado sin quemar, encontró el cenicero. Estaba entero, aunque completamente ennegrecido por el humo, todavía se podían leer las letras con el nombre de su padre. A Carlos se le escapó una lágrima. - Es curioso, pero no llegamos a cocerlo en clase. No nos dio tiempo. – dijo con una sonrisa amarga, mientras su novio lo abrazaba por detrás. Yo no tengo hoy un cenicero de barro preparado, porque tampoco tengo padre al que regalárselo, al mío también se lo llevaron las llamas. Quiero dedicar mi actualización a mi padre, porque él tampoco supo valorar todos y cada uno de los “ceniceros” que yo le llevé. A él y a todos los padres. A todos menos a uno, que a pesar de llevar el nombre con mayúscula (el Papa de Roma) es el que menos se lo merece, por lo irresponsable, inconsciente, frívolo y dañino de sus recientes declaraciones sobre el uso del preservativo en África. Al resto, que tengáis un buen día, viajeros. Entrellat
Foto: Conxo, Dim, La triche, Nekobcn y las piernas de Eme, en una cena fotologuera. Terrassa, noviembre de 2008
La historia de Carol II La historia de Carol III
Pensé en hacerme un rapado en el pelo, para que cuando me viera por detrás supiera lo que lo idolatro, pero luego me crecería el pelo, o se me acabaría cayendo del todo y adiós regalo. ¿Y un rito satánico y con la sangre de un pollo grabar lo que lo quiero en la pared? Uf… Un poco cutre, ¿no? Siiiiii, ya lo se, un tatoo, que diga “te quiero Manu”. Pero no, tampoco, que eso es para siempre, y nuestro secreto ha sido vivir siempre el día a día. Oleeee, sí, un babero bordadito, como hace él. No, tampoco, por eso, porque él lo hace muy bien, y además ya no me daría tiempo. Esto se está poniendo difícil…
Pues ya lo sé, un globo que se pasee por la ciudad felicitándole en su día. Pero no, tampoco, porque si lo vamos a celebrar por la noche no se vería. Y claro, lo de dibujarle en la arena de la palaya la felicitación, sería efímero, se borraría en seguida, y yo quiero algo especial, muy especial, como lo que siento por él cada día, cada mañana, cuando desayunamos juntos y me invade ese olor a vainilla del café y me veo reflejado en su mirada.
Estoy perdido. ¿A alguien se le ocurre algo?
Mientras lo pienso, a mi niño muchas felicidades, y al resto, que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
Fotos: Collages de fotos encontradas en internet, dedicadas a esa gran persona que es Manu. Terrassa, enero de 2009
Curiosamente los viernes por la tarde no había nadie en ese servicio. Yo estaba solo en la recepción, leyendo, porque la centralita había sonado muy poco en lo que llevábamos de tarde. Se abrió la puerta que daba a la calle, y entraron dos mujeres, una de aproximadamente 1,75 m de altura, con obesidad mórbida, debía pesar más de 120 kg. Tendría unos 30 años. La otra era bajita, apenas sobrepasaba los 1,50, era muy delgada y aparentaba tener más de 70 años. La conversación fue así más o menos:
-Putaaaaa, puta, putaaaaaaa, puta, puta, puta, charnega, charnega, putaaaaaa, puta, puta, charnegaaaaa, putaaaaa, puuuta – decía la joven gritando a la más mayor.
-Hola, buenas tardes - dijo la señora mayor dirigiéndose a mí, mientras la joven seguía con el mismo discurso.
-Hoola - dije yo, con la cara a cuadros, sin saber cómo tomarme aquello, mientras pensaba “a mí, me ha tenido que tocar a mí”.
-Putaaaaa, puta, putaaaaa, charnega, charnega, putaaaaa – continuaba la joven.
-¿En qué puedo ayudarla? – pregunté yo todavía mirando con la cara descompuesta.
-Verá, querría hablar con el psiquiatra, para que le den una pastilla a mi hija – dijo la señora con toda naturalidad, pero un poco avergonzada.
-Ay la hostia – pensé yo – si es su hija.
-Es que el otro día vinimos, y el psiquiatra le dio una pastilla y ya no gritaba más – continuó la señora.
-Íiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii – empezó a gritar la hija sin parar, cambiando el “puta, charnega”, por un chillido que me dejó más sorprendido todavía, si cabe.
Yo no sé si fue por lo curioso del caso, o porque pensé que me estaban poniendo a prueba, o porque no sabía que decirle, o por lo nervioso que me estaba poniendo, que me entraron unas ganas de reírme que no podía aguantarme. A todo eso, los pocos trabajadores que había en la casa, ya habían salido de sus despachos y se habían puesto en los rellanos de los pisos superiores mirando desde arriba hacia el hueco de la escalera, donde estaba la recepción, como si un palco del Liceo se tratara, y yo no pude más.
-Un momento, por favor, que voy a mirar – le dije a la señora aguantándome la risa, saliendo de la recepción para entrar corriendo al lavabo. Allí me tranquilicé, solté un par de risillas entrecortadas, no fuera caso que me oyeran madre e hija, y volví a salir.
-No hay ningún psiquiatra hoy viernes por la tarde, pero si usted no puede esperar al lunes, puede ir a urgencias del Hospital que allí le atenderán muy amablemente.
-Y usted no tendrá ninguna pastilla por ahí – volvió a preguntar la señora mayor.
-No, lo siento, sólo los psiquiatras tienen acceso a la medicación- dije yo.
Después de darme las gracias, la madre y la hija, que ya había parado de chillar hacía unos segundos, salieron por la puerta, mientras yo me sentaba en la butaca de la recepción. En aquel momento pensé que tenía que cambiar de trabajo.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Yo, en la segunda fila y Eme en la cuarta, con algunas de las compañeras de trabajo en la escalera de al lado de la recepción. Foto 2: Unos cuantos compañeros en un fiesta “roja”. Terrassa, finales de los 80 principio de los 90Foto 1: Yo (Petra). Foto 2: Yo, jugando con el macho alfa. Terrassa, octubre de 2008
Foto: González (a la derecha) y yo (a la izquierda) en la Escuela de Guerra Naval. Madrid, verano de 1986
Mis compañeros de viaje se habían quedado a descansar en nuestro hotel. Como yo no tenía sueño, decidí salir a pasear por el centro de Madrid, con mi cámara colgada al cuello. Poco me imaginaba entonces lo que daría de si aquel paseo, tanto que incluso me encontré con un viejo amigo, al que no había visto desde enero de 1987, cuando acabamos el Servicio Militar. Miento, en otra ocasión habíamos vuelto a coincidir, en Madrid también, justo un año después de aquel enero.
A pesar de los veinte años que hacía que no nos habíamos vuelto a ver, nada más cruzarme con su mirada, le reconocí. Su cara estaba exactamente igual, y llevaba el mismo corte de pelo que entonces: la ralla al lado y un discretísimo tupé, como un niño bueno. González siempre había sido muy discreto para todo. Su sonrisa era igual de tímida que entonces, sonreía como pidiéndole perdón al mundo. Iba vestido con tejanos, tal y como yo lo recordaba, y con un anorak negro con cremallera.
Él también me reconoció, a pesar de que yo sí que había cambiado, por no decir que esos veinte años habían dejado mucha más huella en mí, que en él.
- Hola, marinero – me dijo mientras se acercaba.
- ¡Holaaaaa, González! - dije yo, sin poder dejar de sonreír – ¡Qué coincidencia, qué casualidad, que alegría! ¿Pero cuanto tiempo hace que… 10 años? ¿15? – continué, sin poder parar de hablar, como intentando recuperar todo ese tiempo.
- Creo que más - dijo él.
- Bueno, cuéntame. ¿Cómo estás? ¿Estás solo? ¿Qué haces en Madrid, de vacaciones, de puente? – volví a preguntar.
- No. Bueno, sí. Estoy… Bueno, ya no vivo en Córdoba, vivo aquí, acabo de entrar en… - dijo cortando la conversación, con aquella media sonrisa que tenía a veces.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? – le pregunté.
- Sí, sólo que… Me da vergüenza decírtelo.
- Pero hombre, por Dios, si hace muchísimo tiempo que no nos vemos y ya no somos niños – dije para quitarle hierro al asunto.
- Pues nada, eso, que no estoy de viaje, que vivo aquí desde hace unos meses. He entrado en el seminario – dijo mirando hacia el suelo.
- ¿En el seminario? ¿En qué seminario? – dije medio desconcertado.
- Pues eso, que quiero ser Sacerdote.
- Qué me dices, pero si tú no… antes no… - dije sin poder acabar la frase.
- Mira, cosas que pasan.
Seguíamos en medio de la calle Preciados, pero ahora mi sonrisa se había vuelto preocupación. La verdad es que no recuerdo cómo acabó la conversación, ni siquiera sé si nos dimos los teléfonos para no perder el contacto. Me hizo una ilusión tremenda encontrármelo de nuevo, pero aquella confesión me desconcertó mucho. No podía entender cómo aquel chico tan divertido, tan lleno de vida, con el que había pasado las largas tardes de verano de finales de los ochenta, era ahora una persona triste y llena de dolor. Me hubiera gustado ir a tomar un café o un chocolate con él por allí, preguntarle más cosas, intentar ayudarlo, o contarle cómo me había tratado la vida. Tantas cosas… pero por desgracia mi sueño acabó ahí. Supongo que aquel sueño que tuve en Madrid, como lo había sido el de Jose, hacía poco más de seis meses era un resto diurno, o tal vez un tema pendiente, y aprovechó mi estancia en Madrid para volver de mi subconsciente. Ojalá sea la premonición de algún reencuentro.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
cosacos y comimos como si lo que hubiera en los platos fuera la última comida que hubiera sobre la tierra. Tanto fue así, que tuvimos que salir a pasear para bajar ese contundente plato. Aunque todo hay que decirlo, hubo gente que se llevó un “taper” con un poquito de sancocho.
Durante el paseo, mientras iba con Yoyo agarrados del brazo, justo antes de encontrar el cartel que colgué en la anterior actualización, miré a los otros que caminaban por delante de nosotros, charrando, riendo, paseando sin prisa y sin ninguna complicación, y recordé el momento de la comida, con las risas, las conversaciones cruzadas, el sonido de las cucharas en los platos, y del vino cayendo en las copas, y aunque empezaba a sentir un incipiente dolor de cabeza, volví a pensar que Snoopy tenía razón cuando decía que “la felicidad es un plato de patatas fritas”; bueno, de sancocho en este caso. Y así es, en cualquier momento uno puede sentirse feliz, basta con pararse a mirar, a contemplar la felicidad en la cara de los otros.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto 1: Ene en una fiesta en febrero de 2008. Foto 2: Ana, Julio y yo en la comida del Sancocho, este domingo
Me gusta ver, escuchar y sentir a mis compañeros, ver dónde han llegado, ver cómo han mejorado con los años, ver lo bien que quedan algunos en los lugares que antes ocupaban otros. También me gusta ser público dentro del espectáculo, y durante los ensayos lucho por disfrutar mientras recibo todo eso, y por dar lo mismo para que el resto disfrute también. Me dejo llevar con los nuevos paisajes que aparecen con las relecturas de cualquier texto literario, y éste, a pesar de haber pasado 10 años, sigue ilusionándome, sigue abriendo un balcón por el que pasan nuevos personajes, y al que acuden algunos ya antiguos, y me gusta saludarlos a todos, porque todos tienen algo nuevo que decir.
Me gustan los ensayos, por todo eso, y porque es el momento en que me siento más libre, en el que me puedo permitir el lujo de equivocarme, de arriesgar y probar para conseguir cosas nuevas, en el que no existe la presión del público, pero mentiría si no dijera que lo que espero con ansia son las representaciones, el momento de enseñar lo que hemos conseguido con el esfuerzo de tanto tiempo, ¿qué sentido tiene, si no?
En este caso, hemos vuelto a hacer el “guisado” de nuevo. No era plan de sacarlo del congelador después de 10 años y servirlo tal cual. Pero eso sí, la receta ha sido la misma, y está probada. Sé que funciona, lo sé, lo siento así.
Ya sólo queda que lleguen los invitados al banquete ¿Te animas?
Más información en la web del Ajuntament de Rubí.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
Foto: Un restaurante de Lima (Perú), noviembre de 2007