Foto: Señora musulmana haciendo sus abluciones. Delhi, 16 de septiembre de 2009
Foto: Señora musulmana haciendo sus abluciones. Delhi, 16 de septiembre de 2009
Foto: Mi prima Carlota degustando una fresquísima taza de café con hielo. Terrassa, agosto de 2009
Foto: Yo, justo antes de la bajada a Sa Calobra. Mallorca, julio 2009
Foto: Ninot de Obama en una “Fogurera”. Alicante, junio de 2009
Foto: La portada del libro
Foto: Paquita en el puerto de Barcelona, a finales de los años 60
Carlitos miraba con ilusión el paquete que envolvía aquello en lo que había estado trabajando durante muchos días en clase. Primero lo moldeó con sus manos, aunque bajo la supervisión de la “señorita”, lo cual había proporcionado calidad al trabajo y un cierto picor en la cabeza de Carlitos, cuando recibía algún que otro coscorrón, si la señorita lo sorprendía mirando al infinito, despistado. Luego lo había dejado secar en una estantería junto a la ventana, pintándolo después, y haciéndole un envoltorio digno de aquel día. Aquella tarde había llegado a casa después de salir del colegio sin entretenerse a jugar, corriendo, pero con cuidado de no darle golpes a la cartera para no estropear el regalo. Lo colocó encima de la mesa del comedor, buscando el sitio adecuado para que fuera visto nada más entrar. Lo había cambiado ya tres veces mientras esperaba con alegría la llegada a casa de su padre, para hacerle entrega del magnífico cenicero de barro con su nombre pintado en rojo. Cuando llegó, su padre ni se dio cuenta de que en la mesa había un paquete para él. Se sentó en el sofá, encendió un cigarrillo, y lo único que dijo fue “¿dónde está el cenicero, tengo que tirar la ceniza al suelo? Con mucha pena Carlitos recogió su paquete de la mesa y lo guardó en el armario del mueble del salón, esperando un momento mejor para dárselo, pero nunca llegó, porque a pesar de ser un niño, la relación con su padre hacía tiempo que se había perdido. El cenicero se quedó allí, enterrado en aquel armario. Nadie, ni siquiera Carlitos, volvió a reparar en él y cayó en el olvido como tantos otros desprecios que había recibido de su padre. Se quedó allí hasta que la casa se quemó, con su padre dentro. Se había dormido con un cigarrillo encendido, dijo el policía que había investigado el caso. Habían pasado ya muchos años des de aquel día del padre, y mientras Carlos removía lo poco que el fuego había dejado sin quemar, encontró el cenicero. Estaba entero, aunque completamente ennegrecido por el humo, todavía se podían leer las letras con el nombre de su padre. A Carlos se le escapó una lágrima. - Es curioso, pero no llegamos a cocerlo en clase. No nos dio tiempo. – dijo con una sonrisa amarga, mientras su novio lo abrazaba por detrás. Yo no tengo hoy un cenicero de barro preparado, porque tampoco tengo padre al que regalárselo, al mío también se lo llevaron las llamas. Quiero dedicar mi actualización a mi padre, porque él tampoco supo valorar todos y cada uno de los “ceniceros” que yo le llevé. A él y a todos los padres. A todos menos a uno, que a pesar de llevar el nombre con mayúscula (el Papa de Roma) es el que menos se lo merece, por lo irresponsable, inconsciente, frívolo y dañino de sus recientes declaraciones sobre el uso del preservativo en África. Al resto, que tengáis un buen día, viajeros. Entrellat
Fotos: ventanas en semisótano del despacho y fotos de la compañera con “personalidad”. Terrassa, marzo de 2009
Foto: Conxo, Dim, La triche, Nekobcn y las piernas de Eme, en una cena fotologuera. Terrassa, noviembre de 2008
La historia de Carol II La historia de Carol III
Sole rondaba los 60 años. Era una mujer guapa, y elegante, incluso cuando abría la puerta con la bata de estar por casa, guardaba ese aire de discreta elegancia. Con sólo mirar sus ojos, su sonrisa, su cuidado pelo, y a pesar de que las arrugas se habían instalado ya en su cara hacía unos años, uno se daba cuenta que la belleza había sido una de sus grandes armas. Aquella noche el viento había alcanzado velocidades a las que no estábamos acostumbrados, y si a nosotros nos había mantenido despiertos e inquietos toda la noche, en casa de Sole realmente había dejado huella. El toldo que protegía su pequeño balcón se había hecho girones, y había estado ondeando al viento, como si se tratara de la bandera de su pequeño castillo. A primera hora de la mañana, llamó a nuestra puerta para preguntarnos si el seguro cubriría semejante destrozo. Vino sin ningún papel en la mano, tan solo con su bata larga y un poco despeinada. Aun así, era capaz de coquetear con su mirada; sin embargo, al cabo de unas pocas frases entendí que lo del seguro le preocupaba, pero no era ese el objetivo principal de su visita. Casi siempre pasaba los fines de semana en casa de su novio, con el que llevaba más de veinte años de relación, más tiempo incluso del que había pasado con su marido; el padre de sus dos hijos, pero hacía un par de semanas que coincidíamos en el ascensor los fines de semana, la cual cosa nos hizo pensar que algo pasaba. Su pareja era un poco mayor que ella, y hacía unos meses se había beneficiado de una prejubilación en la empresa donde trabajaba. Sole había pensado que aquella nueva situación, supondría una nueva etapa en su vida, que el ir y venir a la casa de la playa donde vivía su novio, se reduciría a un par de visitas al mes, porque él se trasladaría a casa de ella. Pero la cosa no fue así, no sólo no se mudó a su casa, si no que el ostracismo de él iba creciendo con los meses. Tan sólo le apetecía quedarse en su casa, y las salidas a cenar, a casa de los amigos, o al cine, se habían quedado en meros recuerdos del pasado. Aquel viento le había traído a la memoria que ahora estaba sola, y tenía necesidad de contarnos, y ese era el verdadero motivo de su visita, que las noches de invierno parecían más frías, que el viento se hacía más insoportable y que lo que era tan sólo un toldo roto se hacía ahora todo un mundo sin él; porque hacía 15 días tras prepararle una taza de café, le había dicho que ella todavía tenía ilusión por la vida, que quería hacer cosas, salir, viajar, vivir, mientras que él hacía años que había tirado la toalla. Después de dar un último sorbo, Sole dejó la taza sobre la mesa. Él ni siquiera había probado el suyo, estaba demasiado enfrascado mirando la televisión mientras ella le hablaba. Sole abrió su llavero y dejó la llave de la casa de la playa sobre la mesa, al lado de la taza, y comprendió entonces que aquel era el último café que le preparaba. Esta madrugada, el viento ha alcanzado ráfagas de 150 km/h según las noticias, y después de estar toda la noche sin dormir, esta mañana hemos recibido la visita de la vecina. Que tengáis un buen día, viajeros. Entrellat