domingo, 27 de junio de 2010

Un día de playa

Foto: Mi hermana y yo bañándonos en un rio, la Riereta, cuando todavía era posible hacerlo. Alrededor de 1970
—Todavía no, un rato más—intentaba decir desde la cama, pero en lugar de eso tan sólo era capaz de emitir un sonido prolongado, casi lastimoso, entre gruñido y quejido.
Levantarse a las cinco y media de la mañana hubiera sido terrible para un niño de seis años, si aquel madrugón no hubiera tenido como contraprestación lo que vendría después.
No entendía por qué había que levantarse tan pronto para ir a la playa.
«Si todavía es de noche» —pensaba mientras me quedaba unos segundos sentado en el borde de la cama, como atontado. Miraba al infinito, situado en la pared de enfrente, pintada de color verde, mitad de pintura de aceite, para evitar que se manchara con las manos sucias de mi hermana y mías, mitad de pintura plástica. Tal vez sí que pronunciaba aquellas palabras, pero eran tan ininteligibles que parecían un pensamiento.
Mis padres llevaban ya rato levantados, preparando todo lo necesario para que la jornada fuera lo más cómoda posible. En unas cestas tejidas con fibra de nylon, mi madre metía los platos, los vasos, los cubiertos y el resto de utensilios que íbamos a necesitar durante el día, y lo más importante: el menú, que casi siempre consistía en tortilla de patatas con cebolla de primero, y pollo con tomate frito de segundo. Un menú que aguantaba muy bien el calor y los inconvenientes que tiene el comer al aire libre, pues en el chiringuito —al que entonces llamábamos merendero— en el que alquilábamos una mesa con dos bancos de madera, no había dónde calentar la comida. Era a principios de los setenta y a pesar que el microondas ya estaba inventado, todavía no era de uso común en los hogares, y mucho menos en los chiringuitos de playa.
Aunque a veces estaba cocinando cuando me levantaba, mi madre casi siempre preparaba la comida el día anterior. A esas horas de la mañana, sólo se dedicaba a colocarla en fiambreras de plástico —lo que ahora llamaríamos tapers— para que aguantara lo mejor posible el trasporte. También preparaba la nevera con los refrescos recubiertos de hielo, que garantizaba el frescor hasta por lo menos la hora de la comida. A veces en la nevera había una botella de plástico llena de agua que mi madre había metido en el congelador el día anterior. Esa botella tenía doble función, pues con el hielo que se había formado en el interior las bebidas que la acompañaban se mantenían frescas y, cuando el contenido de la botella se había empezado a descongelar, teníamos agua fresca para el resto del día. Otras tareas importantes de las que también se encargaba sólo mi madre antes de salir de casa eran las de preparar las bolsas con las toallas y el flotador, hacer las camas, recoger el pequeño piso, y prepararnos la ropa que teníamos que ponernos mi hermana y yo.
Mi padre, mientras tanto, se asignaba como única tarea la de dar paseos por la casa, nervioso como un león enjaulado. Como mucho se dedicaba a mover de un sitio a otro las bolsas que mi madre iba dejando preparadas.
—Ya verás como llegamos tarde. Verás como perdemos el autocar— replicaba mi padre automáticamente, respondiera lo que respondiera mi madre a sus insistentes preguntas sobre la hora qué era.
Mi atontamiento duraba poco, enseguida dejaba paso a una actividad frenética y llena de ilusión. La energía aparecía de la nada en cuanto recordaba para qué nos levantábamos a esa hora. Me quitaba el pijama rapidísimamente y me enfundaba el bañador, y a continuación los pantalones cortos y la camiseta, y para terminar las sandalias de goma de color carne, que había dejado mi madre al lado de la ropa. Odiaba aquellas sandalias porque siempre acababan haciéndome rozaduras en la parte del empeine, donde la hebilla rozaba con la piel, pero a pesar de eso me las ponía con gusto, porque las asociaba a las alegrías que vendrían después. Mientras tanto mi hermana también hacía lo propio con su bañador, su vestido corto y unas chanclas de goma azul. Yo envidiaba aquellas chanclas, me gustaba el ruido que hacía mi hermana cuando caminaba y las chancletas le golpeaban el talón: cla, cla, cla. Pero aquel ruido y ese tipo de calzado estaban destinados sólo a las niñas. Para nosotros los niños, estaban reservadas las horribles cangrejeras de color beige.
Cuando llegábamos a la playa, el autocar nos dejaba cerca de un merendero. Acarreábamos los bártulos hasta allí, colocábamos las bolsas con la comida y la nevera encima de la mesa que nos habían asignado y lo cubríamos todo con un hule que hacía doble función, la de cubrir y proteger nuestras bolsas llenas de comida y la propia de un hule, la de hacer de mantel cuando llegaba la hora de comer. Nadie temía que nos robaran la comida, o que se llevaran la nevera llena de bebidas.
Reservábamos la mesa para que a la hora de la comida no nos encontráramos con la sorpresa de que estuviera todo ocupado. Esos momentos, que en realidad duraban tan sólo unos minutos, se me hacían eternos, porque las ganas de llegar a la arena habían esperado ya demasiado. Quería volver a sentir el frio inicial que atraviesa el cuerpo desde la planta de los pies hasta el cogote, recorriendo la espalda al pisar la arena húmeda a primera hora de la mañana, y volver a tener la piel de gallina durante unos segundos, y aquel olor a sal, que incluso cuando lo siento ahora, en la actualidad, me devuelve a aquellos momentos.
Me pasaba todo el día jugando y riendo con mi hermana, entrando y saliendo del agua, haciendo castillos, jugando con la arena y revolcándome, y cuando estaban a punto de cerrar la playa, o eso nos decía mi madre para que nos marcháramos sin replicar a la hora que habían acordado con el conductor del autocar, nos volvíamos a poner la ropa con el bañador todavía mojado. Casi siempre acabábamos con los talones y el bañador llenos de chapapote —al que nosotros llamábamos alquitrán—. No sabíamos siquiera que venía de la limpieza de los barcos petroleros que veíamos pasar por el horizonte. Luego, al llegar a casa, mi madre nos lo limpiaba con un trapo viejo empapado en aceite, y no pasaba nada.
Habíamos Jugado durante horas al sol, y qué más daba si al día siguiente se nos caía la piel a tiras, porque nadie nos había dicho que había que ponerse crema protectora, ¿qué era eso? Bueno, sí, era esa crema de color blanco que daban ganas de comérsela porque olía a coco, con la que se untaban el cuerpo las extranjeras. Tal vez por eso mismo, hasta años después no empezaríamos a utilizarlo con asiduidad.
Y al llegar a casa, no puedo olvidar aquel gustito que me quedaba en el cuerpo, la sensación del baño que nos daba mi madre, a mi hermana y a mí. Después nos untaba el cuerpo con un poco de crema Nivea. Nos la aplicaba directamente desde aquella caja de aluminio azul con letras blancas. Aquella crema, que era demasiado espesa y mientras nos la restregaba por la espalda enrojecida dolía un poco, era milagrosa. Servía para todo, para hidratarnos y para quitarnos las rojeces del sol. Luego nos ponía el pijama y nos metía en la cama.
Durante aquellos últimos minutos, la poca energía que me quedaba, la que no había consumido en la playa, se iba apagando y mientras me quedaba dormido, me sentía la persona más feliz del mundo, y el escozor que tenía en la espalda me lo iba recordando durante varios días.
Que tengáis un feliz comienzo de verano, viajeros.

miércoles, 14 de abril de 2010

La primera librería II

¿Alguien se acuerda de cuando hice un “fake” conforme mi libro se iba a presentar en una librería? Si alguien quiere leerlo que haga clic aquí, aunque la verdad es siempre más interesante. Sí, sí, sí. Este viernes presento mi libro en la librería “El Racó del Llibre” de Rubí. Aquí os paso la invitación por si estáis interesados en acudir al acto. Para los que sean de fuera y no lo entiendan, os traduzco a continuación. No hace falta que os diga que estáis todos invitados al acto. El Racó del Llibre os invita a la presentación del libro de Fran Rueda, licenciado en interpretación por el Institut del Teatrre de Barcelona.

Hora: 19:30 Fecha: 16-04-2010
Sala de Presentaciones del Racó del llibre Jove
(Av. Barcelona, 52 – 08191 Rubí - Barcelona)
Tel. 93 699 30 00
Email: racodelllibrejove@cambrescat.es

“Y MIRO EL MUNDO COMO RUEDA”
Libro de cuentos y fotografía. Fotografías que han sugerido una historia y cuentos que estaban escondidos dentro de las fotografías.
Nos presentará el libro Àngel Miguel, director de la compañía la Càmara Teatre Rubí i harán la lectura de cuentos el mismo autor i Manu Fuster, actores y miembros de la compañía de teatro.
Abajo tenéis un plano de la situación de la librería. Os espero.
Que tengáis un feliz día, viajeros.

sábado, 6 de marzo de 2010

La barandilla

Julia emitió un gemido pequeño y casi ahogado, mientras sentía que la piel se le erizaba. Los poros de todo su cuerpo se abrieron y por unos segundos, sólo las neuronas que recubrían su vientre, sus labios y sus pechos seguían transmitiendo a su cerebro sensaciones a toda velocidad. Había perdido durante ese lapso la funcionalidad del resto de los sentidos, sobretodo la del oído.
Miró a su marido, que yacía junto a ella con los ojos cerrados y una ligera sonrisa de tranquilidad en los labios. Notaba la suavidad de la seda de las sábanas sobre su cuerpo sudoroso, casi desnudo, especialmente sobre sus pezones durísimos y ligeramente doloridos. Reconocía en la humedad de sus nalgas que hacía tan sólo unos segundos acababa de tener un orgasmo. Como siempre que acababa, y de manera casi mecánica, como un tic, pero muy suavemente, con la mano se acariciaba la entrepierna, como el que acaricia a un cachorro que ha aprendido bien la lección, parecía que premiaba con esas caricias el rápido aprendizaje y el trabajo bien hecho.
Todavía sentía la sutil sordera del orgasmo, pero ya algo más debilitada. Entonces dio un suspiro más grande y le vinieron a la memoria los veranos en la casa de campo de los abuelos, cuando era niña, donde descubrió el sexo, casi por accidente.
La casa familiar estaba situada encima de una colina. Desde el porche se divisaban las tierras de labriego y el camino que las atravesaba, se perdía a lo lejos. Julia se sentaba allí muchas tardes, justo después de comer, mientras los abuelos y el personal que trabajaba habitualmente las tierras aprovechaban las horas de más calor, para dormir una siesta. Esperaba sin hacer demasiado ruido, como le habían advertido sus abuelos, la llegada de sus padres, o la de sus primos, o la de cualquier visita que hiciera menos aburridas aquellas tórridas tardes de verano.
Cuando los hijos gemelos de sus tíos llegaban a la finca, se había acabado el aburrimiento. Nada más aparecían por la puerta Carlos y Roberto, que eran un par de años mayores que Julia, un montón juegos parecían sugerirse de la nada, donde antes no había absolutamente nada que hacer, ahora había un montón de actividades, y a cuál de ellas más sugerente.
Solían jugar al escondite por los cobertizos de la parte trasera y el juego duraba horas porque la casa era grande y había muchos sitios donde esconderse. Otras veces, sencillamente corrían por las tierras segadas, recogiendo saltamontes o cualquier otro animalillo que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.
En una de esas tardes Roberto, el mayor de los gemelos, entró en la casa, subió por la escalera principal y se deslizó por la barandilla de madera. Carlos esperaba abajo, junto a Julia, y reía mientras veía a su hermano gritar como un cowboy mientras se deslizaba barandilla abajo. Subió corriendo para continuar con el juego que había empezado su hermano y cuando acabó, Julia subió queriendo imitarlos, pero Roberto se lo impidió.
—Tú no, que eres muy pequeña y te puedes hacer daño.
—Pero si ya tengo nueve años. Además soy casi tan alta como vosotros — dijo Julia para justificar su petición.
— Ni hablar, que si te haces daño se nos caerá el pelo—, concluyó Carlos mientras salía hacia el exterior de la casa, proponiendo un nuevo juego.
Al día siguiente, después de comer, cuando sus primos ya se habían marchado, Julia bajó por la escalera para volver a sentarse y mirar desde el porche, sola y aburrida, el largo camino que separaba los sembrados. Pero antes de salir al exterior recordó cómo sus primos se habían divertido el día anterior mientras se deslizaban por la barandilla.
Julia subió la escalera, se colocó en posición, se sujetó fuerte y aflojo lentamente las manos mientras se deslizaba hacia la parte baja. Cuando llegó abajo se quedó un momento pensando en lo que había hecho. Una agradable sensación había recorrido todo su cuerpo, pero no sabía cómo había sucedido, qué la había provocado. Volvió a subir a la parte alta y se volvió a deslizar por la barandilla. Y volvió a sentir la misma sensación que partía de su bajo vientre y como un cosquilleo le recorría toda la espalda.
Durante todo aquel verano estuvo bajando y subiendo por la escalera. Ya no esperaba en el porche la llegada de nadie. Tan sólo esperaba la hora de la siesta, cuando nadie pudiera verla, para poder jugar sola al juego de la barandilla.
Julia seguía con la mano sobre su entrepierna y aunque ya no la acariciaba, sonreía mientras recordaba que tuvieron que pasar dos veranos más para descubrir que no hacía falta la barandilla de la casa de campo de sus abuelos, ni ninguna otra barandilla, para tener aquella sensación de placer. De la misma manera que su marido, a veces, tampoco era necesario. —pensó mientras contemplaba que todavía seguía durmiendo con la misma cara de tranquilidad y ajeno a sus juegos.
© Fran Rueda, febrero de 2010
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Foto: Entrada a una casa de campo en Ortigosa de Cameros. Diciembre de 2006.

domingo, 31 de enero de 2010

Por eso

— Creo que no lo he llegado a entender bien. ¿Puede hacer el favor de explicármelo otra vez, como si yo fuera tonto? — dijo el gerente.
— No se preocupe, estoy acostumbrado a repetir las cosas mil veces, recuerde que soy licenciado en filología castellana, aunque en esta empresa me sirva de bien poco.
— No diga eso, aquí valoramos realmente toda la formación de nuestros empelados, aunque no tenga nada que ver con las funciones que desarrollen en esta empresa.
— Como usted bien sabe, Marta se sienta en la mesa que hay nada más salir de mi despacho — dije empezando la explicación de lo que había pasado esa mañana. — No es mi secretaria, ni tiene absolutamente nada que ver conmigo, laboralmente hablando, pero a veces, cuando mi secretaria no está, ella coge los recados que llegan para mí. Todos los días la escucho desde mi despacho hablar con su madre, un par de veces. Utiliza un tono bastante vulgar, con mucho desprecio, incluso lleno de agresividad, me atrevería a decir. No sé cuál es el motivo, pero algo me dice que la relación entre ellas no es demasiado buena.
Esta mañana, mientras salía de mi despacho para entregarle la máquina de triturar papel a mi secretaria para que la llevara a reparar, escuché el final de una conversación entre ellas dos.
— Susana me ha dicho que a partir de ahora las carpetas de firma las tendremos que llevar a primera hora de la mañana — comentaba Eva, mi secretaria, a Marta.
— Está cargada de tonterías, desde que es secretaria del gerente no hay quien la aguante. — dijo Marta con el mismo tono que utilizaba con su madre.
— No es eso, mujer — continuó Eva, — es para que el gerente las pueda firmar antes de marcharse.
— Por eso. — concluyó Marta.
— Perdone que la interrumpa —dije yo con la trituradora de papel en la mano—, no quisiera molestar, pero ahí no puede utilizar la expresión “por eso”. Es una expresión consecutiva. Es como si usted dijera que la frase que Eva ha dicho es consecuencia de la que usted ha dicho primero, y no es así.
—¿Cómo? — dijo Marta como si no entendiera nada de lo que le estaba explicando.
— Que es posible —intenté explicarle — que la nueva secretaria del gerente esté cargada de tonterías, pero que lo de llevar las carpetas a primera hora de la mañana no tiene nada que ver con su estupidez.
— Por eso. — volvió a decir Marta.
— Bien, hasta aquí lo he entendido — me interrumpió el gerente. — ¿Pero me podría explicar por qué soltó en ese momento de las manos la máquina de triturar papel encima de la colección de figuritas de vidrio que tiene la señora Marta en la mesa auxiliar?
— ¿Cómo que por qué? Está clarísimo, —dije yo para acabar — por eso.
Que tengáis un feliz día, viajeros.
Foto: Un cristal a la salida del Museo Reina Sofía. Madrid, diciembre de 2008

lunes, 28 de diciembre de 2009

Las leyes de Manu

Foto: Uno de los miembros de las castas bajas aseándose en la calle a la salida de Delhi. Septiembre de 2009
Según la mitología hindú, Manu fue el primer hombre, el equivalente a nuestro Adán, es el primer antepasado común de todo el universo, sólo que en su caso fue un sabio, fue el primer rey, y además dictó unos códigos de conducta, entre los cuales está el sistema de castas hinduista.
Este sistema de castas, que entre otras cosas obliga a tener una relación endogámica con personas de la misma casta, no sólo discrimina a las personas por el hecho de pertenecer a una u a otra, si no que impide que las personas se promocionen de una casta a otra con el esfuerzo de su trabajo; tan sólo con la reencarnación, es decir después de la muerte, se puede subir o bajar de una a otra, en función del buen o mal karma que se tenga; es decir, de lo “bueno o malo” que uno haya sido en la vida anterior. Una buena manera de tener a la gente de las castas inferiores “conforme” con la suerte que les ha tocado.
¿Alguien se imagina a los 1200 millones de indios que habitan el país empezando a reclamar “sus derechos”? Bueno, tal vez antes habría que explicarles lo que significa esa palabra, porque me parece que no tiene traducción al hindi ni a ninguna de las más de 2000 lenguas y dialectos que se hablan en la India, ni siquiera al inglés que también es lengua cooficial allí.
Que tengáis unas felices fiestas, viajeros.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Aria de Carlota

Foto: Reinterpretación de una instantanea tomada en La Floresta, en abril de 2008
Al principio no me lo acababa de creer, pero me dejé llevar. Hacía tiempo que no estaba con nadie, y aquel día, cuando volvimos de aquella fiesta… Los dos habíamos bebido mucho, bastante como para estar un poco desinhibidos, pero no lo suficiente para no saber lo que hacíamos. Nada más entrar por la puerta de casa, Bernardo empezó a hacer tonterías, me cogió por las muñecas y empezamos a pelearnos, como si fuéramos dos niños, como si se tratara de un juego. Hubo un momento en que nos quedamos quietos, mirándonos fijamente a los ojos el uno al otro, sin saber qué decir, con la respiración alterada por la pelea. En ese momento le di un beso y él se dejó llevar. Al cabo de unos segundos fui yo quien paró. Sabía que aquello no podía llegar a ninguna parte, sabía que le gustaban los chicos. Pero entonces fue él quien continuó con los besos.
Me abrazó muy fuerte y me apretó entre sus brazos. Hacía tiempo que no sentía un cuerpo tan cerca y estaba muy a gusto con él. Y entonces fui yo quien se dejó llevar. Acabamos haciendo el amor. Fue todo muy lento. Él se entretenía en mirarme, en acariciarme por todas partes, como si descubriera por primera vez el cuerpo de una mujer, como un adolescente. Después supe que era yo la primera mujer con la que se había ido a la cama.
Por la mañana, cuando nos levantamos, desayunamos en silencio. Él me miraba y sonreía, y yo no sabía qué pensar. Me había gustado mucho, pero conocía a Bernardo, o eso me creía, y no sabía cómo podía acabar todo aquello. Pensé que tal vez sería sólo un polvo, que había sido muy bonito, pero que no había que darle más vueltas. Tal vez más adelante reiríamos los dos, recordando todo aquello con mucho cariño. Así lo esperaba yo y él también lo veía así. Dijo que no nos teníamos que obsesionar, que dejáramos pasar el tiempo, que las cosas se pondrían solas en su sitio. Y añadió una frase tan simple como contundente, con una serenidad que me hizo pensar que ya se habían pasado los efectos del alcohol y que aquella historia no iría más allá: “las cosas no tienen más importancia que la que uno les quiera dar”.
Al día siguiente se acercó mientras lavaba los platos y me empezó a dar besos en la oreja… Acabamos haciendo el amor. Y así, un día en la cocina, otro en el comedor, otro en el estudio, otro en la habitación… Hasta que un día me quedé a dormir en su cama. A la mañana siguiente, con mucho sarcasmo, Bernardo rebautizó mi habitación como la habitación de los invitados. Y me enterneció mucho, y así se ha quedado, la habitación de los invitados.
No hemos hecho planes, no nos hemos cuestionado si lo nuestro durará mucho o no, y me gusta, y me hace sentir bien. Creo que hace un año lo hubiera estropeado, intentando ponerle nombre a nuestra relación, para sentirme más segura. Ahora me da igual, estoy bien así con él y eso es lo que importa.
© Fran Rueda, 2004
Nota: Este texto es la traducción al castellano de un monólogo que pertenece a una obra de teatro que escribí hace unos años llamada "el corazón en domingo".

viernes, 20 de noviembre de 2009

¡Calla, que vienen!

Foto: Campo de Olivos. Granada, febrero de 2008
— Galindo, ¿te acuerdas de aquella noche en la Colonia?
— Pues claro, Fede, qué cosas dices, chacho, cómo no me voy a acordar.
— No me llames Fede, que sabes que no me gusta. ¿Qué pensaste tú? ¿Creíste que saldríamos de allí con vida?
— Te juro que no. Si me lo hubieran preguntado hubiera apostado la vida a que no saldríamos de aquella. Total, compadre, por lo que valía en aquellos momentos. ¿Y tú, qué pensaste?
— No sé Galindo, no sé… Cuando vi la mirada perdida de Cabezas y de Paco Galadí, pensé como tú. Aunque era verano, a aquellas horas ya no hacía calor. El viento silbaba a través de los juncos y los perros no dejaban de ladrar a las puertas del cortijo, por el trasiego de los falangistas. Te reirás, pero yo no tuve miedo hasta que vi la muerte en su mirada. No era perder la vida lo que temía, ni siquiera el sufrimiento. Temía por mi familia, porque ya nunca más los volvería a ver, porque ya nunca más me volverían a ver. Pensaba en mis hermanos, pero sobre todo en mi madre, en cómo su mirada rígida y severa se volvería húmeda y distante a causa del sufrimiento, como ya le había pasado con la muerte de mi abuelo.
— Pásame un cigarrillo… ¿Sabes, Galindo?
— ¿Qué?
— Que ahora ya no sé si quiero salir de aquí.
— ¿Y por qué no? Si antes no pensabas en otra cosa. Estabas deseando que llegara el día en que nos encontraran para salir corriendo de aquí.
—Corriendo, corriendo, no diría yo.
—Bueno, ya me entiendes, Federico.
—Por una parte sí que quiero, pero por otra ya me he acostumbrado a esto. Me gusta sentir el canto de los grillos en las noches de verano, y el crujir de los pasos sobre las hojas secas en otoño, pero sobre todo me gusta ver las caras de la gente que viene a vernos, esas caras con una mezcla de admiración y de rabia…
— Dirás que vienen a verte a ti.
— No digas eso, Galindo… Además, ¿a dónde voy a ir? ¿Te has enterado de lo que dice mi familia?
— No, ¿qué?
— Dicen que las circunstancias de mi muerte son lo suficientemente conocidas como para que no haya que remover mis huesos.
— No lo entiendo, Federico.
— Yo tampoco. No sé qué temen. Tal vez que no sea yo el que esté aquí enterrado y que el circo que tienen montado a mi costa se les vaya a tomar viento…
—Calla, Federico, que ahí vienen unos a visitarte con unas flores en la mano.
— Ya callo, ya callo, aunque hace mucho tiempo que no hago otra cosa que callar.
© Fran Rueda, noviembre de 2009
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Nota: este relato se lo dedico a Manel y a Monelle (leído Monel. ¡Anda! No había caído en lo gracioso de los dos nombres juntos). Se trataba de un juego en el que cada uno tenía que hacer un texto sobre el mismo tema, aunque por falta de tiempo no pudo ser, pero seguro que otro día será.

Nota 2 (añadida el 25-11-2009): Los textos de Manel y de Monelle llegaron, y también los de Andrés. Si tenéis tiempo echadles un vistazo, valen realmente la pena.

Nota 3: Este relato ganó el tercer premio del II Concurso de relatos breves del Diari de Terrassa (16-12-2010)

miércoles, 14 de octubre de 2009

Manjulika y el señor de las montañas

Foto: Trabajadores hindús en la parte trasera de un camión. Salida de Delhi, 17 de septiembre de 2009
Manjulika cortaba el viento que azotaba su cara con un sari color turquesa. Iba sentada en la parte de atrás del camión, como todos los demás trabajadores que habían estado aquel día en el patio trasero del almacén de Yamir, separando envases de plástico, que otros habían recogido en días anteriores de las basuras y que luego irían a parar, una vez clasificados, a la fundición de dos calles más arriba, donde otros tantos trabajadores harían con aquellos desechos nuevas botellas, o cualquier otro objeto de plástico para el uso de los numerosísimos turistas que llegaban cada día a la ciudad.
A las cuatro de la mañana, cuando casi estaba a punto de amanecer, había sonado un claxon en la puerta de su casa. Manjulika dio un respingo por el estrepitoso ruido del camión y con un solo gesto tiró de los raidos pantalones de su hijo Rasul, que dormía en el camastro de al lado. Sin pensárselo dos veces y a pesar de su corta edad, Rasul se levantó y como todas las mañanas, desde hacía siete días, ofreció la primera comida del día a la vaca de sus padres, tal y como mandaba la costumbre, mientras su madre ponía unos granos de arroz en el altar de Lakshmi, su diosa familiar.
— Tata — leyó Rasul en el frontal del camión, mientras subía a la parte de atrás. Su madre sonreía porque con tan corta edad ya sabía leer la marca del vehículo, aunque era consciente de que con esa palabra y un par más que había aprendido de alguno de sus compañeros de trabajo, mientras circulaban por la autopista en la parte de atrás del camión, poco iba adelantar.
Después de la jornada de doce horas de trabajo, Manjulika y su hijo regresaban a la aldea. Desde su asiento en el suelo del camión, ella lo miraba y daba gracias a Lakshmi, su diosa familiar y de la fortuna, porque hacía una semana que ella y Rasul tenían trabajo. Si Lakshmi les seguía sonriendo, tal vez en unos meses tuvieran dinero para comprar un par de cabras, para que Girisha, su hijo mayor, pudiera ocuparse de ellas y no tuviera que volver a la ciudad.
Manjulika, recordaba cuando su madre le había explicado el significado de su nombre, dulce niña, y la importancia que para ellos había tenido la elección del nombre de todos sus hijos. De la misma manera recordaba cuando unos seis años atrás había nacido su segundo hijo en el camastro de su casa.
— Tiene cara de ángel — dijo la señora que le ayudó en el parto.
— Se llamará Rasul, que significa ángel — dijo Manjulika sin dudarlo.
También recordaba cómo su hijo mayor, el primero, había nacido una noche de fuerte viento y tormenta, y que su marido no pudo ir a buscar a la partera al poblado de al lado. En lugar de eso se quedó nervioso, dando vueltas como un león enjaulado en el porche de su cabaña, mientras miraba a lo lejos las ennegrecidas montañas por si las nubes dejaban paso a los claros. Pero su hijo decidió venir al mundo sólo, sin ayuda de nadie, y por eso el padre decidió llamarlo Girisha, que significa el señor de las montañas.
Girisha había marchado hacía unos seis meses a la ciudad a probar fortuna, porque el pequeño sembrado de su padre y la vaca familiar no daban para alimentar a los cuatro miembros de la familia y a los abuelos paternos, que también vivían en la casa.
A pesar de la corta distancia que había entre el poblado y la gran ciudad, Girisha todavía no había vuelto a visitarlos. Tan sólo habían tenido noticias de él a través de un vecino que había ido a comprar a la ciudad.
— ¿Cómo está mi Girisha? ¿Está bien? — preguntó Manjulika al vecino cuando le dijo que lo había visto.
— Bien, bien. Estaba trabajando en un puesto de frutos secos. Estaba muy guapo. Dice que pronto vendrá a visitaros — mintió para no hacer daño a su buena y generosa vecina.
— ¿De verdad? ¿No me mientes? — volvió a preguntar la madre preocupada, mientras le caía una lágrima por la mejilla y se la lamía con la lengua.
— No, no, ¿por qué te iba a mentir? — decía el vecino intentando disimular su vergüenza, mientras se marchaba con la mirada fijada en el suelo. En realidad lo había visto durmiendo en la calle, encima de la acera, entre una larguísima fila de mendigos, con la cara sucia y con la misma ropa que llevaba el día que se marchó del poblado.
Los pitidos de los vehículos de la autopista y un frenazo del camión donde viajaban, devolvieron a Manjulika a la realidad. Su hijo Rasul la estaba llamando mientras miraba sorprendido a un autobús blanco lleno de turistas, y en especial a un señor que le hacía fotos desde la ventanilla.
— ¿Mamá, quiénes son esas personas que huelen tan bien y vienen en esos bonitos autobuses? — preguntó Rasul, recordando el olor que había sentido de algunos turistas, cuando se habían acercado a ellos por casualidad.
— Gente, Rasul, gente de fuera — decía Manjulika, preocupada porque su pequeño con cara de ángel estaba empezando a tener las mismas inquietudes que su hermano Girisha.
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Este cuento se lo dedico a María José y a Joan unos amigos a los que la fortuna hizo que nos encontramos en Benarés y que, como nosotros, todavía sienten rabia por lo que vivieron en su viaje a la India.
Y al resto, que tengáis un buen día, viajeros.

Entrellat

domingo, 11 de octubre de 2009

El país de las sensaciones

Foto: Niños pidiendo regalos a los turistas. Jaipur, 19 de septiembre de 2009
Han pasado casi quince días desde que volví de la India y me he sentado casi cada día para comentar algo del viaje, para deciros por lo menos por qué no continué con lo que me había propuesto, hacer un relato in situ de las vivencias del viaje. Pues bien, pasado ese tiempo todavía no sé qué contar, no sé qué impresión me ha causado la India y su gente, no sé si me ha gustado, si me ha encantado o si por el contrario me ha horrorizado.
Manel, un compañero en el difícil pero gratificante camino de la escritura, calificaba mi viaje en la anterior entrada con un: “horror, estáis haciendo de turistas”. Lógica su apreciación después de alguno de mis comentarios. En mi defensa diré, aunque creo haberlo dicho ya, y si no ahora es buen momento, que para mí la diferencia entre hacer turismo y viajar no está en la cantidad de estrellas del hotel donde uno se aloje, o en lo más o menos organizado que esté el viaje, si no en la actitud y la mirada que tiene uno ante lo que ve.
Yo me considero viajero y no turista, porque intento — difícil tarea, lo sé— interferir lo mínimo posible ante lo que pasa por delante de mis ojos. Considero que hacer regalos a los niños, darles caramelos, bolígrafos, los jabones de los hoteles, monedas, o lo que sea, es abocarlos a la mendicidad; es enseñarles que no hace falta ir a la escuela, ni trabajar porque es más fácil conseguirlo pidiendo. Creo que si uno tiene algo que dar, es mejor que lo haga a través de una escuela, de una organización que se encargue de repartirlo de manera más o menos justa, para no crear en los niños la falsa idea de que mendigando se puede vivir cómodamente. Alguien dijo alguna vez “Dale un pez a un hombre y comerá un día. Enséñale a pescar y comerá todos los días.”
Intento también no juzgar con mi occidental y aburguesada mirada su manera de vivir, aunque a veces, en el intento de entender lo que está pasando, aparezca la cruel e injusta figura de la comparación.
Por cierto, que no continué con el relato in situ del viaje, porque había tantas y tantas cosas para ver, porque eran tantas y tan duras las sensaciones que me quedaban al final de la jornada que me veía incapaz de organizarlo en mi cabeza y ponerlo en palabras. Supongo que poco a poco empezaré a darles forma.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dia 2 - Delhicioso

Foto: Señora musulmana haciendo sus abluciones. Delhi, 16 de septiembre de 2009
¿Y dónde quedó el día 1, os preguntaréis? Pues en el aeropuerto de Londres. Los señores que organizaron el viaje y nos vendieron los vuelos enlazados no tuvieron en cuenta que para llegar de la terminal 1 a la terminal 5 de London - Heathrow se necesitan más de 60 minutos, y encima nuestro vuelo se retrasó 20 minutos. Así que hagamos cuentas: aunque no hubiera pasado nada, si el tiempo entre vuelos era de 90 minutos y nos teníamos que trasladar de terminal lo que suponía unos 60 minutos, nos quedan 30 minutos, y si el vuelo se cierra 40 minutos antes de la partida, nos hubieran faltado 10 minutos en condiciones normales. Aun así hubo gente que llegó, parece ser que montaron un pollo y llegaron. Nosotros no tuvimos esa suerte. Sea como sea, bien está lo que bien acaba. Llegamos esta mañaña a las 6 de la mañana nosotros y nuestras maletas, nos duchamos tranquilamente, nos cambiamos de ropa y desayunamos por segunda vez, esta vez con el fabuloso desayuno bufet del hotel. Luego nos añadimos al grupo y a empezar el dia rellenito de excursiones.
A pesar de las dimensiones despatarrantes de Delhi, de la cantidad de tráfico, de lo poco que se puede uno hacer una idea de cómo es la ciudad en tan poco tiempo, hemos visto bastantes cosas, entre ellas el fuerte rojo -copia del que veremos más adelante-, la puerta de Delhi, un complejo arquitectónico donde está situado el minarete más elevado de la India, el monumento a Gandi, y un templo siq maravilloso, pero sobre todo, lleno de una gran variedad de personas.
Y si me tengo que quedar con algo es con eso, con el variadísimo paisaje humano que hay en esta ciudad.
Ahora me voy a la cama que aquí ya son más de las 10 y media de la noche, y después de estar sin dormir dos noches como Dios manda, ya nos toca. Uy perdón, como Shiva manda, bueno, mejor lo dejamos que podría estar enumerando meses y meses todos los dioses que aquí se veneran, y no es el caso, así que a la cama para estar mañana fresco.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

lunes, 14 de septiembre de 2009

Los preparativos

Foto: Estatua de Buda que me recibe en un restaurante al que suelo ir a menudo. Terrassa, agosto de 2009
Lo que más me fastidia cuando me voy de viaje es hacer las maletas. Sobre todo porque tengo que pensar lo que me apetecerá ponerme allí donde vaya, porque tengo que prever el tiempo que hará y lo peor de todo porque siempre me queda aquella sensación rara de que algo importantísimo se quedará en casa, y no me refiero a la perra, no, me refiero a alguna cosa que necesitaré durante el viaje.
Aunque todo sea dicho, la verdad es que con algo de ropa, calzado cómodo y el cepillo de dientes ya hay suficiente, el resto se puede ir consiguiendo. Uy, perdón, no, no, que me olvidaba añadir a la lista, que no a la maleta, una cosa importantísima: el FORTASEC. Sí, sí, en mayúscula, porque cuando viajo para mí es como el scotch brite, yo no puedo estar sin él —para los que no lo sepan el fortasec, es un medicamento contra la diarrea muy práctico para los que como yo tienen el intestino flojo cuando salen de casa.
Por suerte esta vez he tenido tiempo de repasarlo todo, de comprobar que no me deje nada y encima me ha sobrado tiempo para actualizar antes de irme. Es lo que tiene disponer de un par de días anteriores al viaje.
Mañana me voy a la India y a Nepal, si puedo igual actualizo desde allí, pero si las circunstancias no me dejan lo haré a la vuelta, prometo traer historias nuevas que contar.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

lunes, 24 de agosto de 2009

Carlota y el verano

Foto: Mi prima Carlota degustando una fresquísima taza de café con hielo. Terrassa, agosto de 2009
Mi prima Carlota tiene muchos truquillos para temas diversos, porque se ve todos los programas de la mañana en los que dan consejos para todo. Yo sabía alguno, pero el otro día me dejó helado, y nunca mejor dicho, con algunos de sus consejos de cómo sacar partido al congelador y a la nevera.
Quedamos a cenar y nada más verme me dijo que mi polo nuevo tenía bolillas, sí, de esas bolas que hace la ropa barata, pero a mí me había costado un riñón de la cara, como dice mi vecina del tercero. Ahí empezó ella con sus consejos, me dijo que si metías la ropa en el congelador durante un día antes de ponértela ya no te haría esas incomodísimas bolillas.
Y a partir de aquel día soy otro. No, no he metido ningún jersey en la nevera, pero lo que sí hago es meter todas las noches los calzoncillos que me voy a poner al día siguiente, así consigo dos cosas: una, que no me hagan bolillas y dos, que estén fresquitos por la mañana. No veas cómo llego todos los días al trabajo, que ríete tú de los anuncios de compresas.
Sólo un consejo, especialmente para las chicas, que si lo hacéis con las bragas, no las pongáis al lado de la merluza, por si luego hacen un poquito de olor, que si no luego explícale tú a tus compañeros de trabajo que las has metido en la nevera para ir fresca y segura.
Mi prima Carlota todavía va más allá, ella mete también los preservativos en la nevera y dice que cuando tiene sexo con su novio se siente como una niña, sobre todo cuando utiliza los de sabor a fresa, dice que es como si se comiera un polo de esos de hielo. Lo único es que dice que se le quitan las ganas de follar y le vienen unas ganas terribles de meterse en la piscina y de comerse una paella. Yo como estoy a plan para perder unos quilos, mejor no lo pruebo.
Bueno si alguien tiene algún consejillo más para combatir esta ola de calor que lo diga, que bastante tenemos ya con ir con les jerséis llenos de bolillas, como para encima ir con la mancha de sudor en los sobacos.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

lunes, 10 de agosto de 2009

La primera librería

Foto: El escaparate de la librería Rieder. Barcelona, agosto de 2009

A pesar de que las cuerdas le dan un aire que no sé si me llega a gustar demasiado, lo importante es que mi libro está ahí, en el escaparate de una librería de Barcelona. Vale, de acuerdo, el escaparate es el de la fachada lateral del establecimiento, por el que casi nadie pasa, pero bueno ahí está y lo mejor es que los libros están en el interior a disposición del que quiera comprarlos.
Hace apenas cuatro semanas, los propietarios de la nuevísima Librería Rieder de Barcelona me enviaron un correo electrónico en el que me decían que estaban a punto de abrir su local de la capital catalana y que habían pensado dedicar mensualmente un escaparate a nuevos escritores. Habían encontrado mi libro por internet y les había parecido interesante. Me proponían participar en su proyecto. Por supuesto que dije que sí, aunque fuera para sustituir a un escritor que a última hora les había dicho que no, aunque fuera durante el mes de agosto, mes en el que todo el mundo está de vacaciones y no puede ver mi sueño hecho realidad. No importa, porque con sólo imaginarlo, ya me pone la piel de gallina.
Me gustaría poneos la dirección de esta fantástica librería, para que os dierais una vuelta, pero desgraciadamente no puedo, por eso mismo, porque es fantástica, producto de mi fantasía, quiero decir. No existe, ni tampoco el escaparate de la fachada lateral, pero ¿a que suena bien?
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

martes, 4 de agosto de 2009

Me estoy quitando

Foto: Yo, justo antes de la bajada a Sa Calobra. Mallorca, julio 2009
Sí, a pesar de lo que diga mi camiseta, me estoy quitando —“ambicia’t”, en catalán, juego de palabras intraducible que vendría a ser algo así como “envíciate” y “con bici”, para promocionar el uso de las bicicletas en mi ciudad, burda copia, aunque con buenas intenciones, pero sin presupuesto, del magnífico Bicing barcelonés. — Digo que me estoy quitando y por eso aparezco con los ojos tapados como un toxicómano en rehabilitación, y eso era lo que yo pensaba esta mañana, que me estaba quitando de viajar, porque hacía tiempo que no salía por ahí a recorrer el mundo, aparte de los viajecitos cortos a Mallorca, a Valladolid, a Valencia o a Alicante a visitar amigos y familia; pero me he dado cuenta de que no, de que la apatía que llenaba mis días, se ha visto alterada cuando mi hombre ha puesto en mis manos la posibilidad, todavía por concretar, de viajar en nuestras vacaciones al sudeste asiático o al sur de África.

Y es que ésa es mi droga, viajar, y empaparme de todo lo que veo, sólo contemplando y aprehendiendo. Prometo que en el próximo viaje me quitaré la venda y volveré a mirar el mundo como rueda. Ah! Y si puedo os lo cuento.

Que tengáis un buen día, viajeros.

Entrellat
Por cierto, ¿habéis visto mi libro? Si queréis echarle un vistazo aquí está el link http://franrueda.bubok.com/

domingo, 19 de julio de 2009

Nana sentida

Foto: Los preciosos pies de Triana. Tordesillas, mayo de 2009

Sandra estaba tranquilamente apoyada en el mármol de la cocina, mientras pelaba patatas para hacer una tortilla. El perro salió rápidamente de la cesta donde estaba durmiendo y empezó a ladrar respondiendo al sonido del reloj de cuco del salón, como hacía cada vez que el pájaro salía de su guarida, a las horas en punto. El animal de madera pintada parecía desafiar la inteligencia del perro con su canto mecánico y lo conseguía, porque a pesar de que duraba tan solo unos segundos, el perro seguía ladrando hasta que su dueña lo hacía callar o hasta que se cansaba de mirar hacia el reloj sin obtener respuesta.

Los ladridos del perro despertaron a Aran, que hasta aquel momento dormía tranquilo en su cuna, mientras su madre preparaba la cena. Sandra soltó el cuchillo que tenía entre las manos, tiró la patata a medio pelar a la fregadera y salió corriendo hacia la cuna. Una sonrisa iba apareciendo en su cara mientras oía llorar al bebé, como si aquel llanto fuera la prueba que había estado esperando aquellos últimos meses. No podía creer que el sonido del ladrido del perro hubiera despertado a la criatura.

«Lo sabía, lo sabía», pensaba Sandra mientras corría por el pasillo que llevaba desde la cocina a la habitación donde estaba la cuna de Arán. Aquel recorrido que normalmente hacía en menos de tres segundos, en esta ocasión se hizo eterno hasta llegar al lado del bebé.

Sin embargo, aquel llanto volvió a llenar de ilusión la ya resignada esperanza de que su hijo pudiera disfrutar como ella lo hacía de la música, o del sonido que hacía una gota de agua al caer en un vaso, o de la voz de su madre, o de la risa de los otros niños, o de tantos y tantos sonidos que hay en nuestro día a día y que nos pasan desapercibidos, pero que desde que nació Aran, Sandra tenía más presentes.

Al llegar a la cuna miró al bebé sin cogerlo, tan sólo lo miraba y le hablaba, le decía cosas en un tono muy dulce para tranquilizarlo, pero el bebé seguía llorando y aunque tenía los ojos abiertos, parecía no verla, ni escucharla, parecía que no reaccionaba a sus estímulos.

La sonrisa de Sandra se torció, se sentó en una silla al lado de la cuna cogió la manita de Aran, se la puso en el pecho y empezó a cantarle una nana, la misma que su hermana cantaba a sus sobrinos, la misma que había escuchado tantas y tantas veces de los labios de su madre.

— Vendrá la noche con su polvo de estrellas, vendrá la noche… — cantaba suavemente, mientras caían unas lágrimas de sus ojos.

Sabía que no podía oírla, ni verla, que la sordera y la ceguera congénitas que tenía desde su nacimiento le impedían ver y percibir cualquier sonido, pero también sabía que las vibraciones que su cuerpo emitía al cantarla dibujaban un mapa que Aran era capaz de interpretar a la perfección y que provocaban en él la misma sensación de tranquilidad que habían provocado en ella y en su hermana cuando habían sido niñas. Y consiguió así que se quedara dormido, como todos los días.

Que tengáis un buen día, viajeros.

Entrellat

domingo, 12 de julio de 2009

Rompiendo reglas

Foto: Ninot de Obama en una “Fogurera”. Alicante, junio de 2009
Cuando era pequeño, mi prima carlota que era muy lista y había estudiado hasta el final, me decía a mí, que si yo te decía a ti algo así como me voy a acostarme, era reiterativo y una falta gramatical, porque acostarme ya incluía el pronombre me. Sin embargo, parece ser que ahora ya no, ahora ya no es reiterativo utilizar frases como los ciudadanos y las ciudadanas, a pesar de que el genérico los ciudadanos ya incluya también a las ciudadanas. De pequeño cuando se utilizaba un genérico entendíamos que era eso, un genérico y no una persona de un sexo determinado. Cuando el profesor de lengua, que sabía mucho y que también había estudiado hasta el final, como mi prima Carlota decía los alumnos tendrán que hacer los deberes, sabíamos que los teníamos que hacer todos, tanto los niños como las niñas, y a nadie le creaba dudas, bueno, excepto a los del final de la clase, los repetidores, que estos tenían dudas entre no hacerlos o copiarlos a última hora de algún empollón.
Más adelante cuando era adolescente y alguien decía apagad el porrete, que viene la policía no nos planteábamos si ese miembro o miembra del cuerpo era hombre o mujer, sencillamente lo apagábamos y ya está. ¡Ah! y que conste que yo no fumaba porros, eran los otros, siempre eran los otros (Es por si lo lee mi madre).
Hoy en día, los políticos y las políticas han creado la inseguridad en todos los ciudadanos y las ciudadanas, porque cuando alguno de nosotros o alguna de nosotras habla y dice cualquier cosa, no puede estar tranquilo o tranquila pensando si ofenderá a aquellos o aquellas que le o la estén escuchando.
Han llegado a crear una sensación de incorrección en todos nosotros, porque utilizar el genérico que hasta ahora utilizábamos ya no es políticamente correcto, porque la lengua — dicen — es machista. O porque nuestra hipersensibilidad ha hecho que así lo sintamos.
Como en muchas otras ocasiones, han creado el problema sin tener la solución. Han creado la duda en muchos de nosotros proponiéndonos algo tan poco práctico como los nuevos y milagrosos genéricos: decir el alumnado en vez de los alumnos y las alumnas, el profesorado por profesores y profesoras, etc.
Después de crear este caos, todavía somos capaces de juzgar a los adolescentes que utilizan "xq" en vez de "por qué", o porque cambian las "q" por las "k". Al fin y al cabo, ¿no es lo mismo? ¿No es intentar modificar la lengua para que se adapte más a sus nuevas necesidades de hacerlo todo más fácil y asequible?
Que tengáis un buen día, viajeros. Entrellat

viernes, 12 de junio de 2009

El vacío de Marina

Foto: Los casetes sobre los buzones. Terrassa, abril de 2009
Tenía prisa. Se acercaba la hora de ir al trabajo y todavía tenía que pasear a la perra. Salí del ascensor corriendo con Petra a mi lado, mientras ella sacudía sus orejas para quitarse el sueño de encima y gemía porque divisaba ya la calle. Nuestra impaciencia era igual de grande, pero por causas diferentes. Yo quería a toda costa llegar pronto al trabajo y ella quería llegar al parque para jugar a su rutinario juego de los olores. En todos y cada uno de los rincones del parque Petra encontraba información sobre los perros que habían pasado antes que ella. Había tanta información que no podía levantar la cabeza del suelo desde que salía de casa hasta que volvía a entrar, a no ser que en el camino se cruzara con algún otro ejemplar de su especie. En ese caso dejaba el juego para más tarde y se dedicaba a inspeccionar a su congénere, entonces ella perdía toda la prisa que la había llevado corriendo hasta allí, era yo con un pequeño tirón de correa quien tenía que recordarle que el paseo matutino era tan sólo para vaciar depósitos.
La prisa no impidió que antes de salir a la calle me fijara en los buzones de correo, o mejor dicho, en lo que había en la parte superior de éstos. Alguien había dejado unas cintas de casete. Estaban expuestas como si de una tienda de segunda mano se tratara. Pensé que alguien las había olvidado encima de los buzones y que otra persona las había colocado de forma visible para que el olvidadizo vecino las recuperara. Pero no fue así. Al regresar del trabajo me volví a fijar en la improvisada tienda y vi que de las tres cintas que había en un principio ya sólo quedaban dos, y cuando volví a salir para pasear a la perra ya sólo quedaba una. Alguien se las va llevando, pensé. La sorpresa fue que al día siguiente las habían vuelto a reponer. Las estanterías de la tienda volvían a estar llenas de género como el primer día y así lo estuvieron durante varios días.
Hacía una semana tan sólo que Marina había enterrado a su compañero, a su segundo marido del que tan orgullosa estaba y al que se había dedicado en cuerpo y alma en los últimos años, sobre todo al final de sus días. Estaba tan orgullosa que en cuanto tenía ocasión y se cruzaba con alguno de los vecinos del inmueble, enumeraba sin complejos y sin falsa modestia las virtudes de su marido. Hasta tiene la cruz de Sant Jordi —decía poniendo la guinda en el pastel. Jaime, su marido, había perdido la vista hacía tiempo, tan sólo divisaba las formas que pasaban a su alrededor, pero era incapaz de reconocer a nadie a no ser que se dirigiera a él, hablándole. A pesar de eso, no había perdido el sentido del humor. Todos los días salían a primera hora de la mañana a dar un paseo y a comprar la prensa, que Marina leía para su compañero con todo el cariño y dedicación que era capaz de darle.
Sin embargo ahora ya no tenía para quien leer, aunque igualmente salía todas las mañanas a la misma hora a hacer su paseo. Cuando volvía se dedicaba a deshacer la casa, a revisar todas y cada una de las cosas que Jaime y ella habían ido atesorando durante todos estos años, y al ver en un cajón unas cintas de casete que hacía años que no habían puesto, pensó que tal vez alguno de los vecinos las pudiera aprovechar y las bajó al portal, colocándolas cuidadosamente encima de los buzones.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

martes, 26 de mayo de 2009

Perdiendo el miedo

Foto: La portada del libro
Hace tiempo que todo el mundo me dice que debería hacer algo con mis cuentos, que es una pena que se que queden sólo en un blog, que a lo mejor algún día cierran aunque sea por error. Pues bien, me he liado la manta a la cabeza, he sacado al campo la vergüenza y se la he echado de comer a un conejo, porque como dice mi madre la vergüenza es verde; y con ese plantel me he propuesto seguir el camino de los grandes: el de Jordi Tello, que parece ser que está preparando su libro; o el de Rasoir electrique, que este Sant Jordi ya estuvo firmando en Paseig de Gràcia su libro, y que por cierto estará muy pronto en la librería Antinous de Barcelona por si a alguien se le escapó; o el de Manel Aljama, un antiguo compañero de trabajo al que hace poco reencontré y que escribe también como un maestro —ya lleva dos libros de relatos y está trabajando en una novela—; o el de Andrés el Barbero, que conocí a través de Manel, y que tiene en su haber tres libros de relatos.
Igual que lo es mi prosa, mi trabajo también es más modesto que los suyos, pero aquí lo tenéis, ya está calentito y disponible en una de estas editoriales de autoedición, de las de yo me lo guiso yo me lo como. He recopilado algunos de los cuentos que había escrito y publicado durante todo este tiempo en el blog, los he revisado y al final ha salido lo que podéis ver en la foto.
Si alguien tiene curiosidad aquí tenéis el link
Me hará feliz ver en las librerías el libro de Jordi Tello, no hace falta que diga por qué, todos sabéis lo grande que es. Lo que me haría muy feliz también es que su libro estuviera cerca, muy cerca, del libro de alguien que hace mucho, mucho que debería haber estado allí, verdad Conxo?
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat

domingo, 17 de mayo de 2009

Years ago

Foto: Alexander Rybak, ganador del Festival de Eurovisión 2009.
Years ago, when I was younger…
Así empieza la canción que Alexander Rybak defendía para Noruega en el Festival de eurovisión, que tuvo lugar ayer por la noche en Moscú. Y como casi todos los cuentos éste también ha tenido un final feliz, le ha dado la victoria con una abrumadora diferencia de puntuación.
Hace años, cuando era más joven — digo parafraseando la canción de Alexander— me grababa el festival de eurovisión en un radiocasete que ponía al lado de la televisión, porque todavía no se habían inventado los videos, ni los DVD grabadores, ni mucho menos las televisiones con disco duro, y si se había inventado alguno de esos aparatos, en casa no teníamos suficiente dinero para comprarlos.
Hacía callar a toda la familia, mientras cantaban los países que participaban, cada uno en su idioma, no como ahora que casi todos cantan en inglés. No participaban 42 países, porque Europa no tenía entonces tantos. Yugoslavia era un solo país y no siete y la Unión Soviética (URSS) mantenía todavía bajo su protección a muchos de los países que ayer participaron en el festival, incluida Bielorusia, la patria natal del ganador Alexander Rybak. Por cierto, la URSS tampoco participaba por aquel entonces.
Con aquella grabación iba a casa de un amigo mío y escuchábamos las cintas, y nos peleábamos por defender cual de las dos era de mejor calidad, la suya o la mía. Incluso intentábamos transcribir las letras de la canción ganadora de cada año, a pesar de que no sabíamos sueco, ni alemán, ni siquiera francés o inglés, pero nos divertía cantarlas en el lenguaje que nosotros habíamos sido capaces de transcribir.
No sé si entonces era igual, pero en aquel momento yo no era consciente que la política lo impregnaba todo, incluso las votaciones. Da igual la canción que lleves, porque los que te votan, te votarán siempre. ¿Alguien duda que llevemos la canción que llevemos Andorra nos dará los 12 puntos?
De la misma manera, y a pesar de que los países de la antigua Yugoslavia no han tenido la tolerancia suficiente para convivir en un mismo territorio, se siguen comiendo los mocos y hace años que se votan entre ellos, lleven las canciones que lleven. Lo mismo pasa con los países nórdicos y los de la zona del Báltico o con las exrepúblicas soviéticas.
A pesar de que me da pena que la diversidad lingüística de este continente se empiece a perder, en detrimento del inglés; a pesar que la calidad artística y musical no sea el criterio principal a la hora de votar una canción; a pesar de que bodrios como la canción de Chiquilicuatre queden en mejor posición que la de Soraya; a pesar de todo eso —digo— ayer vi el festival sentado en mi sofá y me gustó cómo lo hizo Soraya y me gustó también la canción ganadora.
Por cierto, una pregunta que nunca nadie me he ha sabido responder. ¿Qué hace Israel en el festival de Eurovisión si geográficamente y políticamente pertenece a Asia? Otro por cierto, mis felicitaciones a Noa, por cantar su canción junto a una palestina, ¿pero no es eso también mezclar música y política?
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat
PS: Aquí tenéis el link de la canción, por si no lo visteis ayer.

sábado, 2 de mayo de 2009

Retales de una vida

Foto: Paquita en el puerto de Barcelona, a finales de los años 60

Corría el año 1944, cuando en la mañana del 28 de abril, en un pequeño pueblo de Albacete llamado La Gineta, María Eugenia, hija de Emilio el del agua, daba a luz a su segunda hija. Le pusieron el nombre de Francisca, o Paquita, como luego vinieron a bien llamarla, porque su padre Paco el de Colín, al ver que su segundo hijo era otra niña había perdido la esperanza de tener un hijo varón al que llamar Francisco, como él. Sin embargo siete años más tarde, la cigüeña volvió a picotear a su puerta y les dejó a su tercer hijo. Éste sí era varón y por supuesto, recibió también el nombre de Francisco.
Paquita nació en la casa de su Abuela Isabel, en la calle de la Balsa, como su hermana mayor, a la que en un alarde de originalidad también llamaron Isabel. Nació como casi todos los niños nacían en aquella época, en casa, sin la ayuda de un médico, ni siquiera de una matrona. María Eugenia explicaba que ese día, cuando le llegaron los dolores del parto, estaba haciendo pis en el orinal y por muy poco Paquita no nació en semejante cuna.
Con este texto empieza la película que hemos preparado para el celebrar el 65 aniversario de mi tía. Hoy queremos que sea su gran día y le hemos preparado una fiesta sorpresa. Esperemos que se lo pase bien y que se sienta como una reina.
Que tengáis un buen día, viajeros.
Entrellat